Aprende a Programar
En búsqueda de tu premio
Los ojos detrás de la cámara
En la pantalla hay una mujer de espaldas que estira el brazo hacia un estante de cereales, y la tarea consiste en encerrarla en un rectángulo, marcar la mano que se extiende, etiquetar la caja que todavía no toca y anotar si el gesto terminó en compra o en duda. Después viene otra imagen, y otra, una fila que no se acaba, porque se paga por imagen y no por hora, de modo que la destreza no está en mirar bien sino en mirar rápido y no equivocarse lo suficiente como para que el control de calidad rechace el lote y no pague el día. La compañía que encarga el trabajo les vende a las cadenas de tiendas un sistema de vigilancia con inteligencia artificial, capaz, dice el folleto, de entender el comportamiento del cliente en tiempo real. Lo que el folleto llama inteligencia artificial, esa tarde, es un hombre que clasifica fotogramas a destajo desde su pieza, y que entiende el comportamiento del cliente porque es, por ahora, la única inteligencia disponible en la sala. La cámara ve. Los ojos detrás de la cámara son suyos.
El hombre se llama Alberto y es ingeniero de software. No un aspirante, no un autodidacta con tres tutoriales a medio terminar, un titulado, de los que saben construir los sistemas que ahora les pasan las imágenes de a una. Antes de las tiendas fue los ojos de otra máquina, una de esas aspiradoras domésticas que se mueven solas y prometen, en la caja, aprender la geografía de la casa. Alguien tenía que enseñarle al aparato qué era una silla y qué era un cable enrollado en el piso, qué era un perro cruzando el living a media tarde y qué era el pie descalzo de un niño que no había que succionar, y sobre todo qué era ese mueble bajo y angosto, el de tres patas, el que sostenía sin saberlo un equipo de audio que costaba más que diez años del trabajo de mirarlo, porque la máquina autónoma podía empujarlo, y nadie devuelve un tornamesa caído al fabricante de la aspiradora, lo devuelve a la persona que no marcó el mueble a tiempo. Alberto miraba el interior de hogares ajenos desde una pantalla, casa por casa, cuarto por cuarto, aprendiéndose de memoria objetos que difícilmente iba a tener para que el aparato de otro no los rompiera. Lo que se vendía como autonomía era él. Lo que clasifica hoy son, según la orden de trabajo, objetos, personas y otras variables, y otras variables es la categoría más honesta del documento, el cajón administrativo donde entra todo lo que una empresa quiere que su máquina aprenda a ver sin tener que pagarle a nadie por mirar. A nadie, salvo a él, por ahora.
Alberto no vive solo de anotar. Todavía toma proyectos como ingeniero, todavía hay meses en que alguien necesita que construya algo de verdad, y para construirlo usa, sin ceremonia, las mismas herramientas que un día harán innecesario que lo llamen. Las tiene abiertas mientras trabaja y entiende exactamente qué son y hacia dónde van, porque para entenderlas hay que saber lo que él sabe, y lo que él sabe es precisamente lo que esas herramientas están aprendiendo a no necesitar. No las maldice. No tendría sentido maldecir una herramienta por ser buena, y tampoco tendría sentido fingir que no la usaría el competidor que sí lo dejaría afuera. Lo único que menciona, de pasada, sin énfasis, casi como quien comenta el clima, es que los proyectos entran más espaciados que el año pasado, y que el año pasado entraban más espaciados que el anterior. Por eso anota. La anotación es lo que llena el hueco que el resto de su oficio va dejando libre, mes a mes, con una regularidad que él no nombra como tendencia pero que le ordena el calendario igual. No es su plan B. Es la red debajo del plan A, y cada mes la red está un poco más cerca del suelo.
Se llama Alberto, pero podría no llamarse así. Podría llamarse Juan, podría llamarse Luis, podría llevar cualquiera de los nombres que se reparten cada diciembre en las legiones que egresan de ingeniería en Madagascar, en la India, en Kenia, en Costa Rica, en todos los países donde haber estudiado la carrera correcta resultó ser el comienzo de un descenso ordenado y no de un ascenso prometido. Podría llamarse como se llaman los que se titularon este año en Santiago o Buenos Aires o Monterrey, y que todavía no lo saben, y que esta misma noche actualizan su perfil con la palabra ingeniero y una foto de la ceremonia. Esa es la parte que no se ve desde la pantalla. La cámara de la tienda registra a la clienta que estira el brazo hacia los cereales con una precisión que mejora cada trimestre. A quien no registra nunca es a quien la está mirando.
Las salas oscuras
Llegué al video por casualidad, de madrugada, cuando terminaba de ver a Carlos Pagni en la última Odisea Argentina y la pantalla, por su cuenta, encadenó con lo siguiente. Estaba entre despierto y dormido, en ese estado en que uno ya no elige lo que mira. Eran ex compañeros de universidad, gente con la que compartí los años del movimiento estudiantil, y a casi todos los reconocí por el nombre apenas aparecieron rotulados al pie, aunque a ninguno lo habría identificado en la calle. Habían pasado décadas. Las caras se habían corrido unos centímetros respecto del recuerdo, lo justo para que el reconocimiento llegara siempre con un segundo de retraso, primero el nombre, después, a desgano, los rasgos.
Cada uno hablaba desde una sala distinta y todas las salas estaban a oscuras. Era tarde también para ellos y aunque el video tenía más de seis meses, parecía que teníamos una sincronización horaria. Se los veía solos en cuadro, una lámpara de costado, un fondo de la sala que insinuaba una casa terminada, los libros detrás, esa escenografía que pareciera de la vida resuelta que la madrugada vuelve un poco fúnebre. Hablaban por turnos, con educación, sin interrumpirse, como quienes aprendieron hace mucho a sostener una reunión, y esa cortesía era lo primero que dolía, porque era la cortesía de un velorio. Nadie levantaba la voz. La derrota no se discutía a los gritos. Se administraba.
Lo que decían era inteligente. Esa es la parte difícil de contar. No eran ingenuos repitiendo consignas, eran personas con instrumentos finos, que nombraban con precisión el realineamiento del electorado, la fragmentación del campo popular, la pérdida del voto joven, el ciclo largo que se cerraba. Cada análisis era impecable y cada uno describía, con un vocabulario que no le fallaba a nadie, una situación en la que ya no tenían ningún lugar. Su partido no había presentado candidato. Habían participado en la primaria apoyando a una candidata del llamado socialismo democrático y parte de nuestra misma generación estudiantil. La primaria la había ganado la candidata comunista, de modo que su única lealtad disponible era a un nombre que no era el suyo. De ahí en más, la boleta era una sucesión de casilleros ajenos: votar a la comunista que se impuso en una interna que ellos perdieron, no votar, o cruzar hacia la derecha o la ultraderecha que habían pasado la vida advirtiendo. La sofisticación del diagnóstico contrastaba con la sencillez brutal del hecho. No tenían dónde marcar. Y el país, al final de esa misma temporada, se aprestaba a entregarle la elección a la ultraderecha.
Habría sido injusto reprocharles algo. No habían sido ellos los que tomaron la decisión, solo los que la cumplieron, y la cumplieron bien. La decisión venía de antes y de más lejos, de unos seminarios y unos libros en los que un sociólogo inglés le había explicado a una generación entera que la vieja disyuntiva estaba agotada, que el progresismo adulto consistía en aceptar el mercado como horizonte y discutir apenas la temperatura de su administración. Ellos habían sido los ejecutores locales de esa idea, con los aciertos que tuvo, que los tuvo, y con los costos que también tuvo y que tardaron más en verse. Durante años pareció funcionar. El país crecía, las cifras subían, las salas como esas se llenaban de gente convencida de estar del lado correcto de la historia. Lo que no se veía en las cifras era la otra contabilidad, la doméstica, la de las familias que para llegar a fin de mes habían empezado a endeudarse, primero la tarjeta, después el crédito de consumo, después el avance sobre el avance, a tasas que en cualquier otra época habrían tenido otro nombre. El crecimiento se sostenía, en buena parte, sobre esa deuda silenciosa. Y una promesa que necesita endeudar a la gente para que parezca cumplida ya empezó a morir, aunque el certificado de defunción tarde en emitirse.
Apagué el video sin que terminara. Me quedé un rato con la pantalla en negro, pensando que esa desazón no era el resultado de una derrota electoral. Una derrota se explica con los instrumentos que ellos manejaban tan bien. Lo que vi era el epílogo de una decisión tomada mucho antes, en otra madrugada de la historia, cuando se resolvió que administrar el mercado con rostro humano era más serio que disputarle el terreno, y se le puso a esa renuncia el nombre de realismo. En seis meses, la elección presidencial iba a firmar el acta. No la de ellos. La del ciclo entero. Y mientras lo pensaba, sin querer, me acordé del que clasificaba fotogramas a destajo, y de la promesa nueva, la que ya no habla de mercados abiertos sino de tecnología, y que se le ofrece hoy a otra generación con la misma sonrisa adulta de los que no se creen ingenuos.
Como cualquier joven
Hay un género que prospera en los mismos años en que esa generación se apaga. Vive en los congresos, en los foros de innovación y networking, en los podcasts de startups de dos horas, en los posteos de LinkedIn que arrancan con una sola palabra y un punto aparte para que el algoritmo los premie. Tiene una estructura fija, porque es la estructura la que vende y no los hechos. Un emprendedor sube al escenario, o se acomoda los auriculares frente al micrófono, y cuenta cómo empezó. Hubo una idea. Hubo un sacrificio. Hubo una recompensa. Y la moraleja, siempre, es sobre el que escucha. Si yo pude, tú puedes.
Uno de ellos cuenta que su primera franquicia la consiguió como lo hace cualquier joven emprendedor. Necesitaba los millones de dólares que costaba la licencia, así que se los pidió a su padre. Lo dice así, con esas palabras, como cualquier joven, y nadie en la sala se ríe, porque la sala vino a aprender la receta. De esa primera licencia vinieron otras, y de las otras, más, hasta llegar a la marca de café que hoy tiene una sucursal en cada esquina de América Latina y de Europa. La historia es verdadera y por eso es perfecta. No hay mentira que desmontar. Hay, apenas, una preposición que pasa inadvertida, la que une “como cualquier joven“ con “le pedí a mi padre los millones“. El relato funciona porque confía en que nadie va a detenerse en ese detalle. Y nadie se detiene.
Lo mismo pasa con la camada nueva, la de los startups, solo que el vocabulario cambió y el café se volvió código. Es casual que casi todos hayan ido a las mismas universidades a las que fueron sus padres. Es casual que esas universidades se llamen Harvard, MIT, Stanford, y no la estatal donde estudió Alberto. Es casual que el apellido del fundador disruptivo, el que viene a romper las reglas de una industria, coincida tantas veces con el apellido que ya figuraba en el directorio o en la gerencia de alguna de las empresas grandes del país, a veces de la industria que el muchacho promete disrumpir. Es casual que el garaje mítico de la épica fundacional quedara siempre en una casa con garaje, en un barrio donde una familia podía darse el lujo de tener un espacio vacío para que el hijo fracasara sin consecuencias. Casualidad tras casualidad, la fila es larga. Lo único que en todos estos relatos no se presenta como casual, lo único que se reclama con orgullo y se ofrece como enseñanza replicable, es que hizo falta talento, disciplina y esfuerzo.
Y es cierto. Hizo falta. Alberto los tiene los tres y eso no está en discusión, nunca lo estuvo. La pregunta que el género no formula, porque formularla sería el fin del género, es por qué las mismas tres virtudes producen, de un lado, un imperio de cafeterías y una ronda de inversión, y del otro, un hombre que clasifica fotogramas a destajo desde su pieza. Si la receta fuera la receta, los ingredientes darían el mismo plato. Dan platos opuestos. De modo que algo más entra en la mezcla, algo que no se nombra en ningún escenario porque no se puede vender como mérito, algo que ya estaba ahí antes de la primera virtud y que decide, mucho antes que el esfuerzo, de qué lado del vidrio se nace. El foro no lo menciona. No por mala fe. Porque mencionarlo dejaría a la platea sin nada que aplaudir.
Del otro lado del vidrio
Conviene entonces juntar las dos promesas y mirarlas de cerca, porque son la misma con distinto vestuario. La primera dijo que bastaba abrir el mercado y dejar correr a cada uno para que la prosperidad se repartiera sola. La segunda dice que basta aprender a programar, subirse al tren de la inteligencia artificial, adquirir las habilidades del futuro, y cualquiera podrá ser emprendedor tecnológico. La gramática es idéntica. Las dos abren una puerta, le piden al que no tiene nada que corra, y al gesto de no preguntarle desde dónde arranca lo bautizan realismo la primera vez y futuro la segunda. Las dos se presentan como el fin de las discusiones ideológicas, como sentido común adulto, como la única salida seria. Y de la primera ya sabemos cómo terminó, porque la vimos apagarse en unas salas a oscuras hace seis meses. La pregunta que el foro nunca hace es por qué esta vez sería distinto. No hay una sola razón para que lo sea. Hay, en cambio, una razón para que sea peor.
Porque la promesa vieja, con todos sus defectos, al menos ofrecía repartir la prosperidad del mercado. La nueva ni siquiera promete eso. Promete repartir el trabajo de alimentar a la máquina, y ese trabajo trae la fecha de vencimiento impresa en el propio contrato. Alberto no está construyendo una carrera, está tapando con anotación el hueco que su oficio deja libre cada mes, y la herramienta que ese trabajo ayuda a entrenar avanza, dato a dato, imagen a imagen, hacia el día en que no necesite ni al anotador. Es la primera promesa de movilidad de la historia que le pide al beneficiario que entrene a su reemplazo. Aprende a programar, le dijeron, y aprendió, y hoy le piden que le enseñe a ver a la cosa que lo mira programar.
Y la idea de que un país, o una persona, salta de la nada a la frontera tecnológica por pura voluntad es desmentida por todos los casos reales, sin excepción. Nadie llegó arriba por el atajo. Taiwán no pasó de la pobreza rural a fabricar los semiconductores más avanzados del planeta porque sus jóvenes aprendieran a programar y se llenaran de actitud. Pasó porque durante décadas se hizo lo contrario de lo que hoy se predica, no fue una decisión ni un esfuerzo individual, fue una deliberación colectiva que hoy daría escándalo en cualquier foro de innovación, qué se producía, qué se protegía, qué se aprendía y en qué orden, manufactura primero, componentes después, diseño al final, una escalera construida peldaño por peldaño y no saltada de un brinco. Vietnam, que hace cuarenta años salía de una guerra que lo había arrasado, hoy ensambla buena parte de la electrónica del mundo, y no llegó ahí predicando el emprendimiento, sino tomando la decisión política de empezar por abajo, por el trabajo industrial paciente que ningún podcast celebra, y subir desde ahí. El camino existe, está documentado, lo recorrieron todos los que hoy están en la cima, y en ninguna de sus versiones se parece al consejo de aprender a programar y tener disciplina. Se parece a lo contrario, a una secuencia larga, decidida desde arriba, sostenida en el tiempo, que define dónde se invierte y qué se enseña antes de que el talento de nadie entre en la ecuación.
Nada de esto significa que el esfuerzo no importe. Importa, y mucho, y Alberto es la prueba de que importa, porque puso los tres, talento, disciplina, esfuerzo, y nadie podría reprocharle haber aflojado. El esfuerzo es necesario. Lo que no es cierto, lo que es una estafa servida con sonrisa de futuro, es que el esfuerzo alcance, y que predicarlo solo, callando todo lo demás, sea una postura progresista. No lo es. Predicarle únicamente esfuerzo al que parte sin nada, y prometerle que con eso bastará, es la operación más antigua del conservadurismo, la de convencer al que pierde de que la culpa de su derrota es enteramente suya. El optimista tecnológico se cree futurista, del lado de los jóvenes, del lado de los pobres. Hace, sin saberlo, el trabajo del que dice combatir. La generación que se apagó en esas salas dejó una secuela, legiones enteras que se esforzaron esperando el premio que la receta garantizaba, y el premio no llegó. Alberto pertenece a la legión siguiente. Sigue esperando el premio. Mientras tanto, clasifica imágenes para que una cámara aprenda a mirar a una clienta estirarse hacia los cereales, y cada imagen que clasifica acerca un poco el día en que la cámara no precise sus ojos. Le dijeron que el futuro lo estaba esperando. Y es verdad que algo lo espera del otro lado del vidrio. No es lo que le prometieron.


