Bielsa
Lo que un loco puede enseñarnos sobre el éxito y fracaso.
El hombre del diario en la mesa
Hay que escucharlo despacio para entender lo que está haciendo, porque lo hace sin levantar la voz, con la calma de quien describe a un conocido lejano del que no tiene por qué hablar bien ni mal, mientras se describe a sí mismo de una manera en que ningún hombre se describe delante de nadie.
Soy una persona tímida, dice; “soy una persona obsesiva, soy una persona mecanizada, no me gusta el desorden, me cuesta ser suelto, desinhibido, amigable”, y todo eso, aclara sin que se le mueva un músculo, no son virtudes, son mis déficits. Uno espera que después de la lista venga el rescate, la frase que da vuelta el guante y convierte el defecto en mérito secreto, pero el rescate no llega nunca, porque en lugar de suavizar lo dicho lo profundiza, y dice que es tóxico, así, con esa palabra que nadie elige para nombrarse, y que relacionarse con él empeora al que se le acerca, y que es de esa clase de hombres que solo ven el error que están corrigiendo, que nunca están conformes con nada, que no saben hablar de otra cosa que del trabajo, que cuando van a comer con los suyos llevan un diario a la mesa, no para leerlo, sino para levantar una pared de papel entre ellos y la conversación, para no integrarse, para no tener que decir nada que los aleje de lo único que les importa. Y mientras uno todavía está acomodándose a la idea de que un hombre confiese todo eso en voz alta y se quede tan tranquilo, agrega que no lo vive como una virtud, que lo vive como un karma, y que sabe perfectamente de dónde le viene.
Le viene del miedo. Y ahí, por primera vez en todo el rato, repite una palabra, como si fuera la única que de verdad le cuesta soltar, del miedo, del miedo, porque uno no disfruta por ganar, uno teme por perder mucho más de lo que disfruta por ganar, y toda esa obsesividad que acaba de enumerar contra sí mismo no es otra cosa que la búsqueda incesante de recursos que lo alejen de la derrota, una vida entera organizada no alrededor del deseo de ganar sino alrededor del terror a perder, porque el que desea ganar a veces descansa y el que teme perder no descansa jamás.
El hombre que habla así se llama Marcelo Bielsa, y no lo está diciendo en un diván ni en una madrugada de confidencias, sino en una conferencia de prensa, dos días después de que su selección, Uruguay, perdiera cinco a uno, en el momento exacto en que cualquier otro habría salido a defenderse, a repartir la culpa entre los jugadores, el calendario, la mala suerte, el árbitro, y en que muchos esperaban que renunciara. No hizo ninguna de esas cosas. Se sentó a desarmarse, pieza por pieza, delante de todos, que es lo más parecido que existe a hacerse responsable de verdad, no en el modo cómodo del “me hago cargo” que no se hace cargo de nada, sino en el otro, el que obliga a decir qué hiciste mal, exactamente, y a quedarse ahí sentado mientras lo decía.
Hubo un momento, esa noche, en que alguien le recordó que tiempo atrás un jugador lo había criticado con dureza en público, y en vez de devolver el golpe, que lo tenía servido, dijo que si tenía que acordarse de ese hombre prefería acordarse de lo que le había dado al equipo y no de lo que había dicho de él, y que aunque aquello no hubiera servido para ganar nada, para él valía. Es la clase de cosa que dice alguien para quien la lealtad a lo que un hombre es importa más que el agravio de lo que un hombre dijo, y que no la dice para quedar bien, porque a esa altura ya había renunciado a quedar bien.
Y contó una vieja historia de cuando dirigía en Chile y le hicieron el mismo reclamo de ahora, que los jugadores no terminaban de aceptarlo, y él, que usa dentadura postiza, fue al entrenamiento del día siguiente sin los dientes, dejó entrar a los fotógrafos y les dio el mejor lugar, y al otro día la tapa de todos los diarios no fue el fútbol ni la táctica, sino su boca vacía, su cara de viejo desdentado, porque alrededor de un hombre así lo que se mira nunca es el juego, es el enredo, el morbo, la grieta, y él lo sabe y lo usa, porque haría cualquier cosa, hasta exhibir su propia ruina, con tal de mover algo que esté quieto y no debería estarlo.
Lo único que parecía dolerle de verdad, al final, no era la derrota ni quedarse sin trabajo, sino algo mucho más pequeño y más humano: dijo que lo que le pesaba era tener que ir al día siguiente al supermercado y que la gente le mirara la cara, porque a él le gusta vivir, dijo, salir, estar entre la gente, no esconderse en su casa avergonzado por una derrota.
Hay personas que pasan la vida escapando de sus culpas, señalando con el dedo a los otros, a la mala suerte, al árbitro, a cualquier cosa con tal de que el dedo no apunte hacia adentro, y son la enorme mayoría. Hay otras, muchas menos, que cuando algo sale mal se hacen a un lado del barullo, se sientan solas y se preguntan qué hicieron ellas. Y hay una variedad todavía más rara, casi extinguida, la del que se hace esa pregunta en público, en voz alta, delante de todos, la noche en que sería más fácil callarse.
Nadie revisa por qué ganaste
Desde hace cuarenta años, un hombre se sienta frente a una pantalla a mirar jugadas de fútbol, no partidos, jugadas, los pequeños hallazgos que el juego inventa cuando un delantero se asocia y vuelve por la pared, cuando un volante encuentra el callejón que nadie había visto, y las copia una por una, las descompone, les pone nombre y las archiva, hasta juntar más de trescientas, cada una con el apellido del jugador al que se la robó, porque él dice que no inventa el fútbol, que el fútbol lo inventan los que juegan y que su tarea es apenas mirar muy fijo y copiar lo que funciona. Suena a modestia y no lo es. Es algo más raro y más severo: un hombre que no le cree a su propio talento, que solo confía en lo que puede desarmar y volver a armar, que necesita entender por qué una cosa salió bien antes de permitirse usarla, y que esa misma obsesividad que confesaba como un déficit la convierte, en los hechos, en esto, en revisar la causa de todo hasta el fondo, sin descanso, perdiendo o ganando.
Ahí está lo que lo separa del resto, porque casi todo el mundo revisa solamente cuando pierde. Cuando un equipo gana, a nadie se le ocurre preguntar por qué ganó; la victoria tapa la pregunta, la vuelve de mal gusto, y al técnico que ganó lo llevan a la conferencia no a explicarse sino a recibir el aplauso, y cuando un día se va lo reemplazan por otro de su misma escuela, porque el procedimiento quedó bendecido y la derrota todavía no lo tocó. Recién cuando se pierde aparecen las preguntas, y entonces, además, se cambia todo por su contrario. Bielsa lo dijo con sus palabras, que lo que bendice los procedimientos es el éxito. Para él la victoria no prueba nada, porque a la victoria nadie la examina; ganar es, justamente, el instante en que dejan de preguntarte por qué ganaste. Por eso desconfía de ella, porque el que gana se relaja, y relajarse, para un hombre así, es dejar de revisarse.
Hay un acto en su vida donde todo esto deja de ser una manera de hablar. Bielsa renunció a la selección de Chile, y no renunció porque perdiera. El equipo venía de jugar un Mundial, los números lo respaldaban, el país lo adoraba, el resultado le permitía quedarse cómodo durante años. Se fue por una sola cosa, que repitió como un martillo a lo largo de toda la conferencia de despedida, que no había logrado saber quién tenía la autoridad, y que desconfiaba de los recursos con que el que ahora mandaba se la había ganado. El motivo por el que decido renunciar, dijo, es por la forma de proceder y los recursos que utilizó. No revisó el resultado, que lo absolvía; revisó la causa, que no resistía revisión. Preguntó quién mandaba y no pudo contestarse, porque pensó primero que la autoridad la tenía el presidente, después los tres clubes grandes, después el directorio, y después, figurativamente, los treinta y dos clubes, y no consiguió ubicarla en ningún lado. Y se fue. Soy yo quien pierde al irse, dijo al final, he tratado de quedarme y no pude lograrlo. El hombre que abandona lo que el resultado le permitía conservar, porque por debajo la causa estaba podrida.
Para Bielsa, entonces, ganar no absuelve a nadie, porque a nadie le preguntan por qué ganó. Lo dice de los entrenadores, de los equipos, de las jugadas que mira de madrugada en una pantalla, como si fuera apenas una rareza de su oficio, una manía de viejo que no sabe disfrutar. Lo dice como si fuera solo una cosa de fútbol.
La sala que aplaude
En agosto de 2009, en el Hotel Hyatt de Santiago, Marcelo Bielsa habló frente a cuatrocientos empresarios y millonarios que habían pagado quinientos cincuenta dólares la entrada para oírlo, en un congreso al que estaba invitada hasta la presidenta Bachelet. Iban a escucharlo como se va a escuchar a un gurú del éxito, de esos que enseñan a triunfar en cinco pasos, a detectar el talento, a liderar. Y Bielsa, sabiendo exactamente lo que hacía, les dijo que el éxito y la felicidad no van de la mano, que había pensado mucho en lo que significa ganar y fracasar, y que su tarea no era solo dirigir sino difundir valores, que era lo que de verdad importaba. Después, para que no quedara ninguna duda de a quién le estaba hablando, les puso delante una imagen que le había dado un amigo en México: la del obrero que se levanta cuando los hijos duermen y vuelve cuando los hijos ya se levantaron. Una buena expresión, dijo, “si se considera que todos valoramos al que llega arriba y nada más”. La sala había ido a comprar la receta del triunfo y se llevó, en la cara, al hombre que trabaja toda su vida sin llegar nunca, y la sospecha de que solo aplaudimos a los que llegan. Aplaudieron igual, porque a esa altura Bielsa ya era una marca, y una sala así aplaude a la marca aunque la marca le esté diciendo que lo que vinieron a comprar no existe.
Unos meses después, en enero de 2010, recién electo, Sebastián Piñera dijo que quería gobernar como Bielsa, llamar a los mejores a su equipo, armar un gabinete con el criterio con que el Loco armaba una selección. Era un elogio y era, sobre todo, una anexión: la derecha tomando al personaje y poniéndolo de su lado, como ícono del mérito y del rendimiento. Bielsa no dijo nada. Contestó con el cuerpo. Cuando le tocó saludar al presidente en una ceremonia, le dio una mano helada y se fue fuera de protocolo, dejando al mandatario hablando frente a una silla que el técnico acababa de abandonar.
Piñera asumió prometiendo, con el tono del que ya ganó, que su gobierno iba a hacer en veinte días lo que la coalición anterior no había hecho en veinte años. El tiempo dio su veredicto sin apuro: el gobierno se desinfló, y al término del mandato volvió al poder la misma presidenta a la que Piñera había venido a reemplazar, la de la coalición que iba a borrar en veinte días. Años más tarde, el propio Piñera reconocería que se había dejado llevar por el exitismo, esa fe de la élite en que el triunfo se prueba a sí mismo. El que se había anexado a Bielsa como estandarte del éxito admitiendo, ya tarde, que el éxito del que se jactaba había sido humo. En la sala del Hyatt, un año antes, el aguafiestas que les dijo que el éxito y la felicidad no van juntos había sido el único que veía claro.
Y al año siguiente se fue del todo. Ya contamos esa renuncia como el acto de un hombre que audita la causa y no el resultado; vista desde acá, fue además otra cosa: fue Bielsa nombrando al poder. Esa tarde no se defendió, desarmó. Cuando le filtraron a la prensa su sueldo, los cuatro millones, para poner a la gente en su contra, no se justificó: explicó la maniobra mientras la señalaba. Difundir su contrato, dijo, no había sido ningún acto de transparencia, había sido elegir “la parte de mi contrato que más puede irritar a aquellos que viven de los sueldos que gana la mayoría de la gente”. Y dijo que renunciaba también a ese contrato. Pero lo más filoso llegó antes de los agradecimientos, con una calma más temible que cualquier grito: nombró a los que de verdad mandaban. Dijo que el fútbol chileno no les iba a perdonar a los concesionarios de los tres clubes grandes lo que habían montado, “y los motivos por los que lo hicieron”. No hablaba solo de fútbol. Esos pocos dueños eran de los que mandan de verdad en un país donde casi nadie se anima a nombrarlos, y que un extranjero dijera en voz alta lo que los de adentro prefieren callar volvía el gesto todavía más incómodo. Un entrenador de fútbol avisándoles a los dueños reales de un país que sabía perfectamente quiénes eran y qué buscaban. Y ni siquiera completó la frase: dejó los motivos sin decir, suspendidos, y esa acusación a medias resultó más temible que cualquier denuncia terminada, porque a medias ya alcanzaba para que todos entendieran de qué estaba hablando.
Cada vez que el poder se le acercó, entonces, fue para usarlo o para no entenderlo, y cada vez Bielsa hizo lo mismo: no se dejó. La sala lo aplaudió mientras él la negaba. El presidente lo quiso de adorno y se quedó con la mano tendida en el aire. Los dueños del fútbol lo empujaron a irse y se fue, pero nombrándolos. Es un hombre incómodo de querer, porque no devuelve nada de lo que se espera que devuelva, ni el aplauso, ni la foto, ni el silencio agradecido del que recibió un favor. Por eso se lo admira de lejos, porque de cerca incomoda, y se lo confunde con un ícono del éxito justamente porque nunca se lo escuchó: si lo hubieran escuchado, sabrían que les estuvo diciendo, todo el tiempo, lo contrario de lo que querían oír.
Fingir la victoria
Hubo una idea, suelta en alguna de esas conferencias, que pasó casi inadvertida porque sonaba a queja de viejo amargado. Bielsa dijo que en el fútbol al que pierde se lo trata de inútil, y que eso no es una ley de la vida sino una regla que alguien escribió, y que por lo tanto podría estar escrita de otra manera. Lo dijo de su oficio, de la crueldad con que se mira al que sale segundo. Pero la idea, una vez dicha, no se queda quieta dentro de la cancha. Porque si el desprecio al perdedor es una regla que alguien escribió, entonces alguien la escribe todos los días, en todas partes, y la firma sin darse cuenta de que la está firmando. Parecía hablar de fútbol. Bielsa nunca habla solo de fútbol.
Pensemos otra vez en aquella frase que aceptamos sin reclamar cuando hablábamos de goles: que nadie revisa por qué ganaste. Nos pareció una rareza simpática, una manía de un técnico obsesivo que mira jugadas de madrugada. Pero sáquenla del estadio y déjenla caer en cualquier otro lado, en una oficina, en un balance, en una mesa familiar, y se le va lo simpático de golpe. Porque tampoco ahí nadie revisa por qué se gana. Al que llegó no se le pregunta cómo. Al que tiene no se le pregunta de dónde. El resultado tapa la causa, el aplauso llega con el marcador y no con el mérito, y al que quedó atrás se lo trata de inútil, no porque lo sea, sino porque alguien decidió hace mucho que perder y no servir eran la misma cosa.
Hay un mundo entero ocupado, hoy, en fabricar la cara del éxito justamente para que nadie mire detrás. Una empresa pierde dinero todo el año, no se acerca ni de lejos al presupuesto, y monta una fiesta con mil pantallas y un DJ para celebrar los logros extraordinarios del ejercicio, y a la mañana siguiente sus empleados suben a LinkedIn y a cuanta red disponible la misma foto con el mismo texto y el mismo emoji, un coro afinado para repetir que todo marcha “increíble”. Un banco que no es un banco se presenta como banca digital de vanguardia con un software que en realidad le alquila a un tercero, y nadie mira el software, todos celebran “la vanguardia”. El triunfo dejó de ser algo que ocurre y pasó a ser algo que se produce, se graba y se publica. La fiesta que oculta.
Y tapa cualquier cosa, porque la pregunta, cualquiera hecha en serio, abre puertas que es más cómodo dejar cerradas. Si uno empieza a preguntar por qué este ganó, termina descubriendo que muchas veces ganó porque nació ganando, que detrás del mérito que tanto se celebra hay un apellido, una herencia, una mesa que ya estaba servida. Si uno pregunta por qué el mercado celebra lo que el mercado no resuelve, termina solo, mirando un problema que nadie quiere mirar. Y si uno sigue preguntando, ya sin ruido, hacia adentro, capaz que descubre que también él festejó cosas que no había ganado, que también puso luces donde había un agujero. Por eso no se pregunta. Porque no preguntar es lo único que mantiene todo en pie, del privilegio que se disfraza de talento hasta la fiesta que tapa el fracaso propio.
Y ahí, sin que haga falta explicarlo, las dos imágenes caen una sobre la otra, como caen ciertas coincidencias que parecen escritas. A una hora cualquiera de estos días, un hombre de setenta años está parado frente a las cámaras después de perder cinco a uno, y en lugar de inventar culpables se desarma en público, dice que es tóxico, que vive con miedo, que todavía no consiguió que lo quieran, que mañana le va a costar salir a la calle y que la gente le mire la cara. Y a esa misma hora, en miles de pantallas encendidas y en miles de salones con luces, hay gente brindando por su propio éxito en mitad de su propia derrota, subiendo la foto del triunfo que no fue, escribiendo en coro que todo va espectacular. El que se hace la pregunta incómoda, solo, contra todos los que pusieron música para no escucharla.
Lo veníamos mirando hace rato, al loco, y nos caía bien. Qué tipo más raro, qué honesto, qué bueno que existan tipos así. Y está bien que nos caiga bien. Lo único que conviene, mientras lo aplaudimos, es no tener el teléfono en la mano. No vaya a ser que justo ahí suene la notificación de que alguien nos etiquetó en la foto de la fiesta.


