"Citas Citables"
El papel de los clásicos en el debate político contemporáneo.
El equívoco
Las dictaduras controlan menos de lo que creen controlar. Si no fuera así, no necesitarían tanto miedo. En el Chile de los años ochenta, las universidades eran territorio en disputa: la dictadura las vigilaba, las intervenía, las purgaba, y aun así no podía evitar que en sus pasillos se discutiera cómo derrocarla. El movimiento estudiantil tenía poder real. Más del que Pinochet admitía públicamente. Menos del que el movimiento creía tener. Esa distancia, entre el poder real y el poder imaginado, no es un dato menor. Es donde los grandes equívocos políticos encuentran su caldo de cultivo. La Universidad de Chile fue su laboratorio más productivo. Tuve la “suerte” de vivirlo.
En la Escuela de Economía convivían, con la incomodidad que produce el miedo compartido, marxistas de izquierda moderada y democratacristianos que en cualquier otro momento histórico habrían sido enemigos naturales. La dictadura los había convertido en aliados por la sola virtud del terror. Su conclusión política era tan cómoda como reveladora: no había que derrotar al régimen, había que negociar con él una salida. Una transición donde lo que cambiara, debía cambiar de forma paulatina y lentamente. Lo que ocurría en esa facultad no era original ni local. Era la representación exacta de lo que una parte de la oposición chilena había decidido a escala nacional: que la transición pactada era el horizonte posible, dando legitimidad a todo el aparato institucional de la dictadura, y que llamar a eso estrategia era más presentable que llamarlo rendición.
Los jóvenes necesitan épica. Y como esta postura no la tenía, había que sostenerla con el peso intelectual que tampoco tenía. Citaban a Lenin. Específicamente “un paso adelante, dos pasos atrás“, que repetían como si fuera una receta de avance gradual, una validación de la paciencia táctica, una prueba de que la prudencia era también una forma de lucha revolucionaria. Lo cual demostraba dos cosas simultáneamente: que no entendían las matemáticas, y que no habían leído realmente a Lenin. Porque Lenin escribió ese texto en 1904 para condenar exactamente eso, la retirada menchevique disfrazada de madurez, el retroceso con cara de estrategia, la traición que se llama a sí misma sensatez. El texto no era un manual de avance paulatino. Era una acusación. Usarlo como receta de progreso gradual es lo mismo que colgar un parte de defunción en la pared como decoración motivacional. La izquierda moderada terminó negociando la transición que le dio al modelo de Pinochet una segunda vida democrática. Lenin se revolvía en su mausoleo.
A unos de metros, en la Escuela de Ciencias Sociales, el clima era radicalmente otro. Ahí había fuego, había certeza, había la convicción de que a la dictadura no se le negociaba sino que se le derrotaba, y que la derrota del 73 no era una realidad que procesar sino una afrenta que la historia tenía la obligación de revertir. La vía insurreccional tenía adherentes, la lucha armada tenía simpatías, y la discusión no era si había que enfrentar al régimen sino cuándo y cómo. El problema era que enfrentar militarmente a una dictadura requiere, como condición mínima no negociable, algún tipo de fuerza militar. No había ejército. No había milicias organizadas. No había correlación de fuerzas. La tragedia del 73 había sido exactamente esa: el gobierno de Allende enfrentó un golpe militar sin poder militar propio. Repetir la gesta sin resolver esa ecuación no era valentía. Era la definición exacta de lo que Marx llamó farsa. Nada de eso era visible desde adentro, en parte por el cannabis sativa, en parte porque Bourdieu no circulaba por esos pasillos. Y Bourdieu no circulaba por una razón muy precisa: haberlo leído habría sido demasiado incómodo. Bourdieu habría descrito a esos estudiantes con una exactitud que Marx, hablando de Bonaparte y de obreros europeos del siglo XIX, no permitía. Marx hablaba de otros. Bourdieu hablaba de ellos. La mayoría venía de las mismas tres comunas de donde venían los de Economía. Las tres comunas más ricas de Santiago. Allende había prometido la revolución con empanadas y vino tinto. La que se practicaba en esos pasillos era otra: con cerveza y porros en abundancia. No como proyecto material. Como identidad.
Entonces circulaba Marx, específicamente la frase del Dieciocho Brumario: la historia se repite, primero como tragedia y después como farsa. La citaban mirando hacia adelante, como profecía de revancha. Marx la escribió mirando hacia atrás, para describir al sobrino que hereda el apellido del general sin haber librado ninguna batalla. Ellos la citaban como promesa. Marx la había escrito como advertencia para exactamente ese tipo de persona.
Dos facultades separadas por cien metros y por un abismo de temperatura política. Idénticas en origen postal. Unos avanzaban hacia atrás citando al que condenó el retroceso. Los otros repetían la derrota citando al que llamó farsa a la repetición sin condiciones. El equívoco no distingue trincheras. No es ignorancia, aunque se le parezca mucho. Es la herramienta crítica en manos de quien no tiene ningún interés en usarla contra sí mismo. En Chile eso tiene larga tradición. El mecanismo no desapareció con la dictadura. Solo consiguió mejores credenciales, más cámaras, nombres propios.
La quietud que no es paz
Javier Cercas quiere vivir en un mundo aburrido. Lo dice sin ironía, con la convicción tranquila de quien ha pensado mucho en el tema. La política escandinava, o como mínimo suiza. El Estado de bienestar construido sin lírica, la institucionalidad democrática como clima permanente, la prosa gris de la administración competente como paisaje cotidiano. Nada de épica. Nada de gestas. Nada de líderes que prometen la transformación definitiva desde un balcón. Y para demostrarlo con la coherencia del que practica lo que predica, una vez en un festival literario en Hay-on-Wye, Gales, perdió los estribos con una periodista británica que había cubierto guerras en África y Oriente Próximo y se lamentó de que Europa fuera cada día más aburrida y menos interesante. Cercas le recordó, cabreado, que la Guerra Civil española fue el momento más interesante del siglo XX en su país, tan interesante que llegaban periodistas de todo el mundo a cubrirla y después se volvían tranquilamente a sus países aburridos mientras en España la gente seguía matándose. Le citó la maldición china: que vivas tiempos interesantes. Al día siguiente le ofreció sus más sinceras disculpas. Es un hombre que se pone furioso defendiendo la tranquilidad. Tiene razón en casi todo. Ese casi es el problema.
Cercas construyó su tesis sobre una observación que la historia confirma con generosidad. El ennui colectivo es combustible. George Steiner lo documentó: cien años de paz y prosperidad relativa después de las guerras napoleónicas incubaron en Europa un anhelo de intensidad que Théophile Gautier resumió con la frase que debería estar grabada en la entrada de todos los museos del siglo XX: antes la barbarie que el aburrimiento. Ese aburrimiento mal resuelto fue el carburante de dos guerras mundiales. Cercas lo vio también en Cataluña: jubilados sin horizonte que encontraron en el independentismo una gesta colectiva. Y en los jóvenes que querían su propia aventura histórica. Un periodista catalán se lo dijo sin pudor: nuestros abuelos tuvieron la guerra, nuestros padres el antifranquismo, nosotros queremos la aventura de la independencia. Cercas se quedó mudo. No le dijo, cabreado, que para sus abuelos la guerra no fue una aventura. No lo hizo. Casi se congratuló de eso. Lo vio también en Trump, en el Brexit, en el populismo de todas las latitudes. Los mercaderes de intensidad prosperan donde el tedio no tiene salida. La conclusión parece inevitable: quien quiera menos fascismo debería querer más aburrimiento. La política aburrida como vacuna. El tedio suizo como profilaxis democrática. Cercas lo dice en serio, sin coquetería intelectual, con la gravedad del que ha calculado el costo real de la intensidad. Tiene razón. Y eso es exactamente el principio del problema.
Porque hay dos clases de aburrimiento y Cercas solo conoce uno.
El primero es el suyo: la quietud del que tiene la casa pagada, la pensión asegurada, el hospital funcionando y el hijo en la universidad. El aburrimiento como síntoma de prosperidad. El lujo de los estables. El segundo no tiene nombre elegante porque nadie que escriba en las páginas culturales de un diario de referencia lo ha vivido desde adentro. Es el aburrimiento del setenta por ciento de jóvenes españoles que siguen en casa de sus padres no por comodidad sino porque el mercado paga sueldos precarios y la industria inmobiliaria decidió que tener veintiocho años era una condición de riesgo crediticio. El del que espera tres meses para ver a un especialista en una sanidad pública que la derecha desmantela en cuotas, sin épica ni balcones. El del que llega a fin de mes con la precisión angustiosa de un cálculo que no admite errores. Esa vida también transcurre sin guerras civiles ni procesos independentistas. También es, técnicamente, aburrida. Pero no se llama aburrimiento. Se llama desesperación administrada. La diferencia entre las dos no es de grado. Es de clase.
Cercas no lo ve porque su instrumento no está calibrado para esa frecuencia. Su aparato distingue con precisión notable entre dos estados: la violencia espectacular y la calma próspera. Para lo que queda entre medio, la precariedad estructural, lenta, sin rostro, sin una fecha que marcar en el calendario y sin un villano que fotografiar, no tiene sensor. Un instrumento que no registra la señal no puede distinguir entre su ausencia y el silencio. De ahí el equívoco: tomar el tedio como fin en lugar de como resultado, desmovilizar la única energía capaz de defender las condiciones que hacen posible la casa con sol y tapas. Ha-Joon Chang lo llamaría de otra manera. Patear la escalera una vez que ya se llegó arriba. Decirle a los que vienen detrás que la escalera era innecesaria.
El expediente no se cierra ahí. Cuando la violencia tiene cara, cuando tiene nombre y tiene un poema escrito doce días antes de que un bombardeo mate a su autor, Cercas reacciona con una fuerza moral que pocos intelectuales europeos igualan. Traduce a los poetas de Gaza muertos mientras escribían. Nombra a los niños. Se indigna con una precisión que no es postura sino carácter. El hombre que no ve la desesperación administrada del joven sin piso ve con claridad sobrehumana el horror concentrado y visible. No es hipocresía. Es el límite exacto del que llegó. Ve el incendio, no ve la termita. Ve al niño en los escombros, no ve al vecino que no llega a fin de mes. El primero tiene cara y tiene poema. El segundo tiene estadística.
Lenin escribió “un paso adelante, dos pasos atrás” para describir al que retrocede sin saberlo, convencido de que el repliegue es estrategia. Cercas no lo cita. No lo necesita. Lo encarna.
Desde el jardín
Hay personajes que producen, sin proponérselo, una autodescripción más fidedigna que cualquier perfil que un tercero pudiera construir. No porque sean transparentes. Sino porque son tan naturales en su hábitat que no notan que están siendo observados. Cristián Warnken es uno de ellos. Cada entrevista que concede es, al mismo tiempo, una entrevista que se hace a sí mismo. Lo mismo ocurre cuando entrevista a otro: es una entrevista que nos muestra lo que él piensa del entrevistado, y por esa vía, lo que él mismo es. El resultado, para quien lo lee con la atención que él prodiga al pensamiento ajeno, es de una revelación sostenida.
“Los que nos critican que somos de la élite son todos de la élite y algunos más de la élite que nosotros mismos.” Lo dice con la ecuanimidad del que ha pensado mucho en el tema. La simetría lo absuelve: si todos son iguales, nadie es responsable de nada, la crítica se disuelve en el aire y la conversación puede continuar en un registro más cómodo. Es una lógica impecable. Construida con la precisión del que lleva décadas practicándola.
Lo dice desde Vitacura. Vitacura no es solo un barrio rico de Santiago. Durante los años de la dictadura fue vaciado sistemáticamente de sus habitantes de clases populares para producir la homogeneidad social que el modelo requería. No como efecto secundario. Como objetivo deliberado. El barrio donde Warnken desarrolló su sensibilidad intelectual y su vocación de diálogo con el pensamiento no le permitió ver cómo iban desapareciendo barrios y personas de su entorno, porque él nunca estuvo para ver esas cosas banales. El espesor de su jardín no le permitía observar más allá. Su programa de radio se llama “Desde el jardín“ y lo abre cada emisión citando al poeta Eliot: “Lo esencial de toda exploración será volver al propio jardín y ver las cosas por primera vez.” En 1999, Bolaño le dijo lo mismo en cinco palabras. “Vuelve al lugar del crimen.” Warnken eligió la cita de Eliot. Todos los días.
Está lejos de ser una excepcionalidad intelectual, pero quizás por eso logra describir, casi con mayor precisión que cualquier análisis externo, lo que Bourdieu llamó habitus y el fenómeno de la distinción. Cuando habla de clases y capital social, ciertamente no produce lo mismo cuando se habla de capital cultural.
Estudió en el colegio francés del mismo barrio. Una institución similar a casi todas las instituciones del mismo sector de Santiago, sólo que en lengua francesa. Luego en el campus universitario más elitista de Chile en esa época. Luego fue profesor de literatura en otro colegio de elite. Cuando se retiró de maestro, las alumnas lo despidieron con flores. Lo cuenta como un recuerdo entrañable. Como si fuera un dato sobre las alumnas.
En ese barrio homogéneo, blindado por la misma dictadura, Warnken descubrió la revolución. La crónica la reconstruye en el diario La Tercera con detalle: cuatro colegiales de la Alianza Francesa acaban de unirse al MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria). El compañero Rodrigo les da la misión: salir a hacer rayados el 4 de septiembre. Les entrega una lista de frases, “Allende vive“, “El pueblo vencerá“, y un mapa de sitios: Pedro de Valdivia con Irarrázaval, Providencia con Los Leones, San Antonio con la Alameda. Ellos deben elegir dónde escribir. El Flaco se armó de valor y preguntó: “¿Y qué pasa si nos agarran?“ El MIR a esa fecha contaba ya con un número creciente de detenidos desaparecidos y torturados. Estos cuatro tenían en la mente un mapa de su barrio de la élite y una duda logística: no sabían llegar a esas calles de los barrios donde tenían la misión. Nos cuenta con pasión; “Hacíamos miguelitos para poner en los estacionamientos de los supermercados del barrio. Eran como pequeños sabotajes revolucionarios en un plan estratégico totalmente delirante“, recuerda Warnken, con una sonrisa que el texto deja ver. La revolución como identidad adolescente, no como proyecto material. La militancia como teatro en el único barrio de Santiago donde la dictadura garantizaba que no pasara nada de verdad, más allá que sus padres debían pagar los neumáticos rotos a los vecinos y quitarles la mesada y el viaje a Europa
En la universidad militó en la izquierda marxista más leninista que gobernó con Allende, que tenía cuadros en el gobierno derrocado y una teoría del Estado que no tenía nada de tibia. Le llamaban Partido Comunista bandera verde, como una ironía por ser más papistas que el papa. Cuarenta años después lo recuerda con precisión renovada: era “la fracción más reformista del MAPU. O sea, amarilla.” La fracción que cogobernó con Allende era amarilla, según sus renovados recuerdos. No es una simplificación. Es una falsificación. La memoria, cuando el presente la necesita, trabaja horas extra sin cobrar y sin dejar rastro.
Tiene dos versiones de Europa que conviven en distintas entrevistas. La primera: el ambiente en Chile estaba gris bajo la dictadura y había que estudiar filología en Barcelona y en Italia. Es verdad. La segunda apareció después, cuando alguien preguntó más: “el día que ella se casaba, yo tomé el avión a Europa.” También es verdad. Ambas son verdad. Una la cuenta siempre. La otra tiene menos peso narrativo que la dictadura como escenario. Los militantes sin pasaporte ni familia con recursos se quedaron en el ambiente gris y pagaron el precio que tenía quedarse. Él llegó a la España del destape. La narrativa como red de salida.
En su casa llegaban El Mercurio y El Siglo. Los menciona en la misma frase, con la misma entonación serena, como prueba de una infancia intelectualmente plural. El Mercurio apoyó el golpe, publicó avisos pagados por la CIA durante la desestabilización del gobierno constitucional, silenció las desapariciones durante más de diecisiete años e ignoró a Enrique Lihn, su tío, hasta su muerte. El Siglo era el diario del partido al que la dictadura asesinó en dos comités centrales completos. No se distribuía en quioscos. Llegaba en mano, con el riesgo que eso implicaba para quien lo recibía y para quien lo llevaba. Presentarlos como las dos lecturas de domingo por la tarde del hogar pluralista es un dato importante. No desde el punto de vista bibliográfico.
De vuelta en Chile, con el apellido del tío que El Mercurio ignoró y el capital social del barrio más homogéneo de Santiago, construyó el formato que lo definiría. En esos tiempos no había Instagram ni influencers. Pero sí había amigos que podían inventarle un programa de televisión.
“La Belleza de Pensar” fue algo genuinamente notable: conversaciones intelectuales de una hora en horario prime, sin ruido ni paneles. Eso no está en discusión. Lo que sí está en discusión es lo que el programa era estructuralmente: la incomodidad del tío empaquetada en formato apto para cable y luego para el canal abierto de la élite, el filo de Lihn convertido en estética del sobrino, la legitimidad progresista administrada como activo sin que nadie la llame así.
En 1999 entrevistó a Roberto Bolaño, que venía con el Herralde y el Rómulo Gallegos. Warnken estaba nervioso. Sus propios amigos lo advirtieron: este gallo es muy mala leche, te va a atacar. Warnken abre con Gabriela Mistral enmarcando a Bolaño como escritor de patrias perdidas, exilio, náufragos. Bolaño redirige: para él el poema habla de la infancia, no de la pérdida. Warnken insiste: ¿tus personajes son náufragos? Bolaño: “No sé, la verdad.” Warnken pregunta lo que el programa existía para preguntar: ¿qué es la poesía? Bolaño responde: “Poesía... eres tú. ¿Esa es la respuesta?” Los dos ríen. Luego: “No, no sé qué es poesía. No, no lo sé.” Warnken le invita a hablar del estado de gracia que los grandes poetas sienten. Bolaño dice que incluso los más mediocres, los más falsos, los peores escritores del mundo, han sentido durante un segundo la sombra de ese éxtasis. Warnken pregunta si hoy se puede habitar poéticamente, à la Hölderlin. Bolaño: “Se puede, pero no es recomendable.”
Al terminar, Warnken dijo: “Fue muy cordial, muy amable. Fue muy atento y serio en responder las preguntas, no por cumplir.” Pensó que la entrevista había ido muy bien. No notó que Bolaño había pasado una hora desmantelando con perfecta cortesía cada uno de sus marcos estéticos. Bolaño no fue ácido, como habían advertido sus amigos. Fue algo peor. Fue claro. Y al final firmó el ejemplar: "Para Jack Lametta, para que vuelva alguna vez al lugar del crimen." Según dice, no entendió hasta llegar a casa. Bolaño diría que no entendió o no quiso entender.
Cuando las movilizaciones sociales de 2019 dejaron cuatrocientas personas con trauma ocular, Warnken tituló su columna Decepción. Su bisagra fue el incendio de una estación de metro. No los muertos. No los ojos. La estación, que en realidad era una metáfora del café cerrado que administraba su esposa en un barrio afectado por las movilizaciones. Ese mismo año, su sobrino, nieto del poeta que Bolaño conocía y El Mercurio ninguneaba, fue golpeado por la policía en un parque. Warnken no lo mencionó. No llamó a la familia.
La equidistancia, que hasta entonces era una postura estética, encontró ese día su verdadero contenido. Cuando los privilegios materiales sintieron el peso de lo que se discutía, la distancia prudente del que nunca tuvo que elegir de verdad entre los dos diarios encontró finalmente su bando. Tomó el término que un periodista progresista de la élite había acuñado con un sentido completamente distinto, lo vació y lo rellenó con el contenido del Rechazo. No era un movimiento político. Era una infraestructura de permiso.
“Yo no entré en la arena política para hacer una carrera política.” Lo dice el fundador y primer presidente de un partido político. Hay que reconocerle la precisión: efectivamente no hizo una carrera. Hizo algo más eficiente. Amarillos fue disuelto en febrero de 2026, una vez cumplido su propósito. La infraestructura de permiso no necesita perdurar. Solo necesita llegar a tiempo. En el movimiento hay, explica con serenidad admirable, “ex socialistas que fueron torturados y que hicieron la reconversión.” El sufrimiento extremo de otros, en una frase subordinada, como cobertura intelectual de lo que sin esa cobertura sería difícil de justificar. Pero también un sufrimiento usado como culpa para quienes no comparten pensamientos equidistantes.
Sobre el resentimiento de la izquierda, que le parece fatal, reflexiona desde su casa frente al mar. “Mucho más fácil habría sido quedarse callado.” Lo dice cuarenta años después de tomar el avión el día de la boda.
Publicó un libro sobre el estallido y el proceso constitucional. Lo describió como inmaduro, que habría necesitado “más perspectiva.” “Pero sentí la urgencia de soltarlo, pensando fundamentalmente en mis hijos y jóvenes a los cuales les ha sido contado un único relato de la historia de estas últimas décadas.” El único relato que sus hijos no recibirán es el que cuenta quiénes eligieron entre Pedro de Valdivia y Providencia cuando había precio real por elegir.
Marx llamó farsa a la segunda representación de la tragedia: el sobrino que hereda el apellido del general sin haber librado ninguna batalla. La tragedia tuvo sus muertos, sus torturados, sus exiliados que no eligieron el exilio. La farsa tiene programa de televisión, columna en el diario que ignoró al tío, casa frente al mar. Y tiene, firmada por Bolaño en 1999, una dedicatoria que sigue esperando respuesta.
El cargo
Lenin no escribió para describir a una persona específica. Escribió para nombrar un tipo que el sistema político produce con regularidad: el que retrocede invocando la madurez, el que llama estrategia al repliegue, el que confunde haber llegado con tener razón. Marx tampoco escribió sobre Louis-Napoleon. Escribió sobre la segunda representación como forma permanente: el sobrino que hereda el apellido sin la batalla no es un accidente biográfico. Es una figura que el sistema repone cada vez que la necesita.
Cercas y Warnken son interesantes como individuos. Son más interesantes como cargos. El equívoco produce la cobertura filosófica para la parálisis cómoda: alguien tiene que decirle a la gente que aburrirse es sofisticado mientras el piso se erosiona en silencio. La farsa produce la cobertura cultural para la restauración política: alguien con credenciales del lado equivocado tiene que proporcionar el permiso para cruzar sin sentirse traidor. Cuando estos dos ya no estén, el sistema buscará otros. Ya los estará buscando.
El lector que llegó hasta aquí creyendo que leía sobre un escritor español y un, seamos condescendientes y digamos, poeta chileno llegó al lugar equivocado en el momento correcto. La pregunta que este texto no hace, porque no necesita hacerla, es cuáles son los nombres en su propio país. Los del equívoco genuino, el que retrocede sin saberlo. Y los de la farsa, el que eligió el jardín. No son difíciles de encontrar. Están dando entrevistas.


