El Anticristo
En defensa de Taybeh.
El 5 de marzo de 2026, mientras los misiles de la Operación Furia Épica sobrevolaban el espacio aéreo iraní, Donald Trump permanecía sentado en su escritorio del Despacho Oval con los ojos abiertos. A su alrededor, una veintena de pastores evangélicos le habían impuesto las manos sobre los hombros, la espalda y los brazos con la concentración silenciosa de quien ejecuta un rito practicado toda la vida.
Tom Mullins, fundador de una megaiglesia de treinta mil feligreses en Florida, dirigía la plegaria con una voz que mezclaba la cadencia del sermón dominical con la urgencia del parte de guerra: rezamos por tu gracia y tu protección sobre nuestras tropas, todos los hombres y mujeres que sirven en nuestras fuerzas armadas. Los demás tenían los ojos cerrados. Trump no. Miraba hacia adelante con esa expresión suya de quien asiste a su propio funeral y encuentra satisfactorio el arreglo floral.
La escena fue difundida por Dan Scavino, jefe de redes sociales de la Casa Blanca. Nadie en la sala pareció encontrar nada inusual en la imagen: un presidente que bombardea países recibiendo la bendición de hombres de Dios que rezan no por las víctimas civiles, sino por las tropas. Es posible que tampoco lo encontraran inusual los millones de evangélicos norteamericanos que la vieron circular esa tarde como una estampa de normalidad patriótica. Hay momentos en que una civilización muestra con perfecta claridad lo que ha llegado a ser, y nadie en la sala lo advierte porque todos están demasiado ocupados rezando.
Vivimos uno de esos momentos en que el suelo histórico se mueve bajo los pies de quien no está prestando atención. No es una intuición poética ni una metáfora periodística. Es el diagnóstico frío de quien observa que los marcos conceptuales con los que Occidente organizó el mundo desde 1945 se están disolviendo con la velocidad discreta con que se vacían las estructuras antes de desplomarse. Los imperios rara vez caen de golpe: se ahuecan por dentro mientras mantienen la fachada. Siempre llega un instante en que la fachada todavía sigue en pie, pero adentro ya no queda nada. Estamos en ese instante. Y cuando la historia llega ahí, ciertas figuras reaparecen. No como metáforas. Como funciones.
El Anticristo es una de ellas.
Conviene detenerse aquí, porque pocas figuras del imaginario occidental han sido tan malentendidas, tan reducidas a decorado de película o a insulto de campaña. El Anticristo teológico —el de Pablo, el del Apocalipsis, el de la tradición patrística— no es el ateo militante ni el tirano que quema iglesias con entusiasmo declarado. Eso sería demasiado sencillo, demasiado visible, demasiado tranquilizador para quien prefiere a sus enemigos con cuernos a la vista. El Anticristo, en su formulación más perturbadora, opera desde adentro. No niega a Cristo: lo reemplaza. Habla su idioma, usa su liturgia, invoca su nombre con fluidez impecable y vacía ese nombre de contenido con la paciencia metódica de quien sabe que el vaciamiento es más eficaz que la negación. La negación produce mártires. El vaciamiento produce cómplices.
La segunda propiedad, menos citada pero igual de decisiva, es que el Anticristo tiene siempre un proyecto político concreto. No es una figura espiritual en el sentido privado del término. Es una función de poder. Desde Pablo hasta el Apocalipsis, aparece ligada a un Estado, a un imperio, a una estructura de dominación que usa el lenguaje sagrado para legitimarse ante quienes de otro modo le negarían esa legitimidad. La tercera es que persigue a quienes guardan el testimonio: no a los indiferentes, no a los agnósticos, sino precisamente a quienes conservan la memoria viva de lo que el nombre de Cristo significó antes del vaciamiento. Y la cuarta, quizás la más incómoda de todas: no viene de afuera. Viene del interior de la tradición. Es reconocible, es familiar, es el que uno menos querría señalar, porque señalarlo parece exagerado, paranoico, poco caritativo.
Guardemos esas cuatro propiedades por un momento. Volveremos a ellas.
Porque la pregunta que queda flotando sobre la escena del Despacho Oval, esa escena de pastores con los ojos cerrados y un presidente con los ojos abiertos mientras los misiles vuelan, no es si Trump es el Anticristo. Esa pregunta es demasiado fácil, demasiado obvia, demasiado diseñada para satisfacer a quienes llegaron con la respuesta en el bolsillo. La pregunta interesante es otra: ¿quién ungió a quién en ese escritorio?
Dios, Girard y el negocio del apocalipsis
Hay una diferencia fundamental entre el hombre que teme el fin del mundo y el hombre que lo ha pensado con tanta insistencia que ha dejado de temerlo. El primero reza. El segundo invierte. Y el tercero, la categoría más escasa y más peligrosa de las tres, viaja a Roma en marzo de 2026, alquila un palacio a pasos de Piazza Navona, convoca a un grupo escogido con la meticulosidad de quien arma una conspiración o un directorio, prohíbe teléfonos, exige confidencialidad, atenúa las luces, sube a un atril y abre su primera conferencia con la serenidad de quien conoce el efecto de una intriga bien dosificada: sé que se están preguntando quién es el Anticristo; responderemos en la última lección.
Peter Thiel pertenece con absoluta comodidad a esa tercera categoría. Y esa comodidad es precisamente lo que lo vuelve interesante. También lo que vuelve más inquietante la pregunta sobre su papel en esta historia. No es una pregunta sobre maldad, que sería demasiado simple. Es una pregunta sobre algo más perturbador que la maldad: la coherencia.
Thiel llegó a René Girard en Stanford, a fines de los años ochenta, con esa disposición particular del estudiante que no busca confirmación sino estructura. Girard le dio el mecanismo. La teoría mimética en su versión más desnuda: los seres humanos no desean tanto lo que quieren como lo que ven desear a otros; esa imitación produce rivalidad; la rivalidad produce violencia; y la violencia amenaza con destruir a la comunidad si no encuentra una salida institucionalizada. La salida suele ser la misma: un chivo expiatorio, un individuo o grupo sobre el que se descarga la violencia colectiva y cuya destrucción funda, en ese acto sacrificial, la comunidad misma.
Girard sostenía que el cristianismo fue el primer sistema de pensamiento que reveló y denunció ese mecanismo al presentar a Cristo como víctima inocente, desmontándolo desde dentro. Girard llegó a esa conclusión con humildad religiosa. Thiel llegó al mismo mecanismo con la frialdad de quien reconoce en él una oportunidad operativa. Si la modernidad tardía ha erosionado los mecanismos tradicionales de producción del chivo expiatorio —la religión institucional, el Estado-nación, la guerra fría como gran estructura estabilizadora de enemistad—, entonces lo que tenemos no es una sociedad más libre, sino una caldera que sube de presión sin válvula de escape. El apocalipsis, en la lectura de Thiel, no es una metáfora bíblica. Es un diagnóstico técnico. Y los diagnósticos técnicos exigen tratamiento.
El tratamiento se llama Palantir.
Y aquí conviene decir algo que muchos críticos de Thiel evitan porque exige una honestidad incómoda: Palantir es, en términos puramente técnicos, una obra de ingeniería extraordinaria. Su capacidad para integrar fuentes heterogéneas de datos y construir modelos predictivos de comportamiento humano con una granularidad que vuelve rudimentaria buena parte de las técnicas tradicionales de inteligencia de fuentes abiertas y humanas es real. Admirable, incluso, del mismo modo en que puede ser admirable un bisturí o una bomba de precisión: instrumentos cuya perfección técnica es completamente indiferente al uso que se les dé.
Corresponde aquí una confesión propia. Llevo años estudiando a Palantir, a Thiel, a Alex Karp, ese producto improbable de la Escuela de Frankfurt que terminó construyendo una infraestructura de vigilancia que Adorno nunca imaginó y Horkheimer habría preferido no imaginar, con el propósito no solo de entender su arquitectura de datos, sino de replicar su ontología de diseño. Conocer la anatomía del monstruo no convierte a nadie en monstruo. La diferencia entre Thiel y quien escribe estas líneas no es el conocimiento de la herramienta. Es la decisión sobre a quién apunta.
Y Palantir opera, entre otros frentes, en asociación con el Estado de Israel. Esto no es una inferencia audaz, sino un hecho documentado: sus sistemas rastrean, clasifican y predicen el comportamiento de la población palestina en Cisjordania y Gaza con una precisión que ninguna burocracia colonial del siglo XX habría soñado. Mientras Thiel dictaba en Roma su conferencia sobre el Anticristo, Italia cerraba acuerdos para incorporar software de la misma compañía que el aparato militar israelí usa en Gaza. El cuadro, por sí solo, ya dice bastante: un hombre que aprendió de Girard que toda civilización necesita un chivo expiatorio construyó una infraestructura técnica capaz de identificarlo, seguirlo y neutralizarlo con eficiencia industrial; después viajó a Roma para preguntar, en voz baja y con tono grave, quién es el Anticristo ante una audiencia escogida. Girard habría encontrado todo esto, como mínimo, irónico.
A treinta kilómetros de Jerusalén, una aldea que lleva dos mil años guardando un testimonio no necesita esperar a la última lección. Ya conoce el nombre.
La aldea que Jesús eligió para esconderse
El Evangelio de Juan lo dice con la precisión de quien anota un itinerario, no de quien compone una metáfora: después de resucitar a Lázaro, cuando el Sanedrín decidió matarlo, Jesús se retiró. “Ya no andaba en público entre los judíos, sino que se retiró a una región cercana al desierto, a una ciudad llamada Efraím, y allí se quedó con sus discípulos.” Juan 11:54. Efraím es hoy Taybeh. A treinta kilómetros de Jerusalén, a 920 metros de altura, desde donde se ven a la vez el valle del Jordán, el Mar Muerto y el desierto de Judea, como si la geografía hubiese querido construir un balcón sobre la historia que estaba por precipitarse. Jesús eligió ese lugar para esperar, para prepararse, para permanecer con los suyos antes de entrar en Jerusalén a morir. Lo eligió porque allí todavía era posible estar sin que el poder te encontrara demasiado pronto.
Dos mil años después, el padre Bashar Fawadleh celebra misa todos los días a las seis de la tarde en la Iglesia de Cristo Redentor de Taybeh, en el mismo suelo donde Jesús esperó, con una comunidad que lleva exactamente ese tiempo esperando también, aunque ya no esté muy segura de qué. Bashar nació en Jerusalén en 1987, en plena Primera Intifada. Su vocación maduró durante la Segunda. Fue ordenado en 2014, la misma noche en que Ramallah era atacada. No es una biografía: es un parte de guerra con sotana.
Ese hombre les dice ahora a sus feligreses que quedarse es un acto de fe, no por optimismo, sino por agotamiento de las alternativas.
En 1967, antes de la ocupación, había 3.500 familias en Taybeh. Hoy quedan menos de mil. Entre 2023 y 2025, dieciséis familias más se marcharon. No huyeron de la pobreza. El padre Bashar lo subraya con una precisión que desmonta cualquier comodidad economicista: había trabajo, había salarios, había una vida posible. Se fueron porque los colonos judíos de los asentamientos ilegales comenzaron a atacar las cosechas de olivo con una regularidad que convirtió el otoño en una estación de miedo. Porque un hombre de la aldea fue golpeado en la cabeza con una barra de hierro hasta pasar dos semanas en la UCI. Porque en julio de 2025 un grupo de colonos intentó incendiar la iglesia de San Jorge, construida por los bizantinos en el siglo V y reconstruida por los cruzados en el XII. Dos milenios de historia cristiana ininterrumpida, y fueron los jóvenes de la aldea —no el ejército, no la policía, no ninguna autoridad con obligación legal de protegerlos— quienes corrieron a apagar el fuego con sus propias manos.
El padre Bashar describe el clima con una frase que no busca el lucimiento y por eso mismo lo alcanza: “Esta es la primera vez en la historia de Taybeh que sentimos miedo. Ni en la Primera Intifada ni en la Segunda sentimos algo así.” La diferencia que señala sin necesidad de elaborarla es cualitativa. La violencia del Estado tiene, al menos en teoría, una cadena de mando, una gramática, un límite institucional. La violencia de los colonos funciona con otra lógica: es la del que sabe que nadie va a detenerlo porque quien podría hacerlo mira con los brazos cruzados. “Ya no hay diferencia entre los colonos y el ejército. Los colonos actúan en un clima de impunidad total. Apoyados y respaldados.”
Conviene nombrar a quienes ejecutan esa violencia, porque omitir a los incendiarios en favor de sus patrocinadores ideológicos sería una forma elegante de impunidad. Los colonos que queman olivares, golpean habitantes e intentaron incendiar San Jorge pertenecen, en gran medida, a ese ecosistema de radicalización conocido como hilltop youth: los jóvenes de las alturas, una generación de colonos mesiánicos criados en los asentamientos más extremos de Cisjordania, alimentados por una teología que Meir Kahane formuló hace décadas y que el Estado de Israel declaró ilegal en 1994 para luego permitir, absorber o reciclar políticamente durante los treinta años siguientes. El kahanismo no desapareció: se institucionalizó. Smotrich es su versión ministerial. Ben-Gvir, su versión con aparato de seguridad. Los jóvenes que intentan incendiar una iglesia del siglo V son su versión con antorcha. Y el ejército que no interviene es la garantía de continuidad entre todas esas formas.
Llamarlos psicópatas con pretensiones mesiánicas sería, en cierto modo, absolver al sistema que los produce. Pero las encuestas israelíes dicen algo más incómodo. Revelan una disposición masiva a pensar la expulsión y la aniquilación de los palestinos no como exceso marginal, sino como solución imaginable. Haaretz, el principal periódico liberal de Israel, ha tenido la lucidez de escribir sobre ese clima sin el consuelo de la negación. El problema es que la lucidez periodística no enfría los olivares que siguen ardiendo ni borra las marcas del fuego en el ábside de San Jorge.
El padre Aziz Halaweh lo dijo hace ya una década con la frialdad del médico que lee un pronóstico irreversible: en diez o veinte años no quedará un solo cristiano en Tierra Santa. Ese reloj ya está corriendo. Y mientras corre, los pastores evangélicos de América del Norte, financiados, cortejados o instrumentalizados por la diplomacia israelí, predican sobre la reconstrucción del Templo, condición para el Apocalipsis, condición para el Rapto, condición para la Segunda Venida. Un Cristo que nació a pocos kilómetros de Taybeh, cuya madre era de la región, cuyos primeros seguidores vivían en aldeas como esa, y cuyo nombre es invocado por quienes celebran o financian la desaparición de la última comunidad que conserva la memoria viva de haberlo conocido.
Hay una palabra para eso. Pero conviene reservarla un poco más.
“Yo acuso”
El 13 de enero de 1898, Émile Zola publicó en la portada de L’Aurore una carta abierta al presidente de la República francesa cuyo título la historia retuvo intacto: J’accuse. Yo acuso. Zola no era abogado, ni general, ni parlamentario. Era novelista. Y usó la única arma que tenía —la prosa, la precisión, la facultad de nombrar lo que el poder preferiría mantener innombrado— para acusar al Estado Mayor francés de haber condenado a un inocente y de sostener esa condena con la complicidad del silencio institucional. Le costó el exilio. Le costó, probablemente, la vida. Y, sin embargo, Dreyfus fue rehabilitado. A veces la literatura gana. Son las menos, pero ocurre.
Quizás hoy convenga recuperar ese dispositivo. No por vanidad comparativa, sino porque es el adecuado cuando lo que se tiene enfrente es la misma estructura: un Estado que necesita un chivo expiatorio, una clase dirigente que mira a otro lado y un silencio tan compacto que solo la acusación directa, con nombres y apellidos, puede romperlo.
Aquí aparece una ironía histórica que vale la pena señalar. Entre los periodistas que cubrieron el juicio de Dreyfus estaba Theodor Herzl, corresponsal vienés que vio la misma multitud que vio Zola, oyó los mismos gritos de mort aux juifs y llegó, sin embargo, a una conclusión opuesta. Zola acusó al Estado. Herzl decidió fundar uno. Antes de Dreyfus, Herzl no tenía una fijación particular con Palestina: había considerado otros destinos, entre ellos la Patagonia y Uganda. Dreyfus no le abrió una herida; le entregó un argumento. Y con ese argumento comenzó a edificarse el movimiento que hoy quema olivares en Cisjordania y llama antisemitismo a quien lo describe. El círculo es de una perfección obscena: un proyecto nacido de la indignación ante la persecución de un inocente reproduce hoy, con disciplina técnica y coartada teológica, la misma lógica del chivo expiatorio que decía venir a conjurar. La diferencia es que los generales franceses de 1894 no tenían a Palantir. No tenían a los pastores del Despacho Oval. No tenían a Ted Cruz.
Ted Cruz merece figurar aquí no como excentricidad, sino como síntoma. Senador de Texas, cristiano declarado, defensor profesional de los valores judeocristianos, declaró que mostrar una cruz en eventos de sionismo cristiano es ofensivo para los judíos y, por tanto, antisemita. Dijo, con la serenidad del hombre que no advierte la enormidad de su frase, que el símbolo central del cristianismo debía ocultarse para no incomodar a los aliados israelíes que financian o legitiman su movimiento. Un cristiano que esconde la cruz para no perturbar a sus patrocinadores no está practicando delicadeza ecuménica. Está encarnando la primera propiedad funcional del Anticristo: no negar a Cristo, sino reemplazarlo.
El sionismo cristiano norteamericano descansa sobre una doctrina escatológica precisa: el dispensacionalismo. Su premisa es conocida: la reunificación del pueblo judío en Israel sería condición necesaria para la Segunda Venida; la reconstrucción del Templo, el siguiente paso profético; apoyar ese proceso, sin importar el costo humano, sería colaborar con la voluntad divina. En esa arquitectura, los palestinos cristianos de Taybeh no son hermanos en la fe. Son un obstáculo en el calendario apocalíptico.
Por eso los nombres importan. John Hagee, fundador de Christians United for Israel, declaró que Hitler fue un instrumento de Dios para empujar a los judíos hacia Palestina. Robert Jeffress, uno de los pastores del Despacho Oval, ha predicado que el judaísmo conduce al infierno, pero respalda sin reservas al Estado de Israel porque ese Estado acelera el escenario escatológico en el que, si no se convierten, los judíos terminarán precisamente en el infierno que él les reserva. Ted Cruz oculta la cruz. Hagee convierte a Hitler en pieza providencial. Jeffress bendice a Israel mientras condena teológicamente a los judíos que no se conviertan. Trump ofrece el cuerpo imperial. Thiel aporta el aparato conceptual y tecnológico. Karp y Palantir suministran la infraestructura de vigilancia. Smotrich traduce la teología en política territorial. Ben-Gvir la traduce en aparato coercitivo. Los hilltop youth la ejecutan con fuego, golpes y profanación.
Ya no estamos ante una acumulación caprichosa de nombres. Estamos ante una cadena de montaje moral.
Lo notable es que ninguno de esos actores podría sostener su papel sin el resto. El colono incendiario necesita al ministro que lo ampara, al soldado que no interviene, al algoritmo que clasifica, al senador que blinda, al pastor que bendice, al presidente que normaliza y al ideólogo que ofrece el marco. El resultado no es una suma de fanatismos dispersos. Es un sistema.
Ese sistema tiene, además, su dimensión grotesca. Cuando esos pastores llegan a la Tierra Santa que defienden desde sus púlpitos, reciben a menudo lo único que esa alianza puede ofrecerles con sinceridad: desprecio. El Centro Rossing documentó un incremento de agresiones contra cristianos en Jerusalén: escupitajos, acoso, profanación de cementerios, interrupción de celebraciones. El padre Nikodemus Schnabel, de la abadía benedictina de la Dormición, ha dicho que recibir escupitajos forma parte de su vida cotidiana. Ultraortodoxos, incluidos niños, han sido filmados escupiendo a procesiones cristianas en la Puerta de los Leones. Ben-Gvir defendió la práctica como una antigua costumbre judía. Netanyahu la condenó con la velocidad instrumental de quien teme el costo reputacional. Uno escupe. El otro administra la imagen del escupitajo. Ninguno quiere cristianos reales en Jerusalén. Pero ambos entienden el valor geopolítico del turismo evangélico y de los púlpitos de Texas.
La escena tiene también una versión latinoamericana, acaso menor en escala, pero perfecta como síntoma. En Puebla, Tegucigalpa o Sao Paulo hay pastores que predican con banderas israelíes detrás del púlpito, organizan vigilias por Israel mientras Gaza arde y se identifican con una diáspora que ningún rabino israelí tomaría del todo en serio. Son mestizos, morenos, muchas veces con rasgos más cercanos al Levante que a Europa; hombres que serían perfilados con sospecha en Ben Gurion y, aun así, defienden con fervor al mismo Estado que los miraría con recelo. Los más entusiastas defensores de la expulsión tienen, con frecuencia, el rostro de los expulsables.
El cristianismo no es solo una religión. Es una parte decisiva de la matriz ética de Occidente, en un sentido que el secularismo ilustrado prefiere no reconocer porque reconocerlo implicaría admitir una deuda. La dignidad inalienable del individuo, la universalidad de los derechos, la obligación moral hacia el extranjero y el vulnerable: todo eso creció también sobre suelo cristiano. Erasmo, Tomás Moro, Pico della Mirandola no construían una alternativa al cristianismo; construían una de sus expresiones más complejas. Cuando el último cristiano abandona Taybeh y el padre Aziz Halaweh apaga la luz del baptisterio, no desaparece solo una comunidad religiosa. Desaparece un testimonio. Y con ese testimonio se rompe algo en la cadena ética de Occidente que ningún software de Palantir puede restaurar y ningún pastor de Texas puede suplantar.
Volvamos, entonces, a las cuatro propiedades con las que abrimos este texto. No niega a Cristo: lo reemplaza. Opera desde adentro. Tiene un proyecto político concreto ligado al poder estatal. Persigue a quienes guardan el testimonio. No como figura sobrenatural. Como función. Como descripción operacional de un sistema que vacía el nombre de Cristo para usarlo como cobertura de una agenda que Cristo habría reconocido, con la amarga familiaridad de quien ya vio esto antes, como exactamente lo que es.
¿Existe hoy un Estado —junto con su constelación de aliados, pastores, ideólogos, empresas tecnológicas, políticos profesionales, colonos y operadores de influencia— que reúna funcionalmente esas cuatro condiciones? ¿Existe un Estado que use el lenguaje sagrado para blindarse de toda crítica moral; que opere desde dentro de las instituciones de Occidente vaciándolas de los valores que las fundaron; que ejecute un proyecto territorial con la bendición de pastores que han vaciado la cruz de contenido; y que persiga sistemáticamente, con colonos, con ministerios, con algoritmos y con impunidad documentada, a la única comunidad que guarda la memoria viva del hombre cuyo nombre todos en esta historia invocan sin cesar?
El lector ya tiene la respuesta.
Yo me limité a ordenar los nombres y la estructura que sostienen.
Posdata; A mis amigos judíos antisionistas, que saben mejor que nadie lo que este texto dice — y lo que cuesta decirlo.


