El Poder de los Sensores
Golani, los Unicornios y la Política en 2026
El edificio estaba despejado
El teniente coronel M. no era un improvisado. Había pasado por Gaza. Había operado en terrenos donde cada calle es una hipótesis y cada puerta una pregunta sin responder. Conocía el sur del Líbano con la familiaridad que se adquiere únicamente cuando uno ha aprendido a distinguir el silencio que precede a un disparo del silencio que simplemente es silencio. Era, en el vocabulario de las Fuerzas de Defensa de Israel, un oficial de campo con experiencia acumulada en condiciones reales. No el tipo de oficial que manda a sus hombres a ningún lugar sin haber procesado antes cada dato disponible. Y esa tarde de marzo de 2026, los datos decían que el edificio estaba despejado.
El edificio había sido identificado como objetivo prioritario tres horas antes. Un dron de reconocimiento lo había sobrevolado en dos pasadas sucesivas. Las imágenes térmicas no registraron presencia humana activa. El análisis de señales no detectó comunicaciones en un radio relevante. El perfil del objetivo, construido con datos satelitales y reportes de unidades en terreno, indicaba una estructura abandonada, posiblemente utilizada como punto de almacenamiento, sin actividad reciente verificable. El protocolo de ingreso fue cumplido en cada uno de sus pasos. Desde su fundación en 1948, la Brigada Golani había peleado en cada guerra que Israel libró, en cada frontera que disputó, en cada variante de terreno que el Medio Oriente puede ofrecer. Sus veteranos hablan de ella con el tono reservado para las instituciones que no necesitan explicarse. La doctrina de la unidad había sobrevivido el Yom Kippur, el Líbano de 1982, Gaza. Había sobrevivido todo. La doctrina siempre sobrevive todo, hasta que no.
Entraron.
Lo que el dron no había registrado, porque no estaba construido para registrar lo que no emite calor ni frecuencia de radio ni movimiento visible desde cuatrocientos metros de altura, eran los dispositivos. Hezbolá había convertido el edificio en una trampa de precisión: artefactos antipersona distribuidos en los puntos de ingreso natural, calibrados para activarse con el peso y el calor del cuerpo humano en movimiento, instalados con el conocimiento exacto de quién entra primero en un edificio despejado y por dónde lo hace. No había combatientes esperando adentro. No había nadie que el dron pudiera haber visto aunque hubiera mirado mejor, aunque hubiera sobrevolado diez veces en lugar de dos, aunque la resolución de las imágenes térmicas hubiera sido el doble de precisa. Lo que había era una arquitectura del daño construida con tiempo, con paciencia, con un conocimiento del comportamiento del adversario que ningún satélite puede capturar porque no vive en el satélite. Vive en años de observación de cómo opera una unidad de élite cuando cree que el terreno está controlado.
El enfrentamiento que siguió duró diez horas. No porque hubiera un ejército esperando adentro, sino porque la extracción de los heridos en un edificio comprometido, bajo fuego de posiciones exteriores que se activaron en coordinación con los dispositivos internos, es una operación que el manual militar describe en abstracto y el terreno convierte en algo completamente distinto. Cuando terminó, el general de reserva Yoaly Or, exsubcomandante de la Brigada Golani, eligió sus palabras con la precisión de quien sabe que lo que va a decir no puede desdecirse. Las mayores pérdidas desde la fundación de la unidad. No desde el Yom Kippur. No desde el Líbano de 1982. Desde 1948. En una operación respaldada por la cobertura de inteligencia más densa que Israel ha desplegado sobre territorio enemigo, la brigada más condecorada de su ejército sufrió las bajas más severas de su historia institucional.
Los comunicados oficiales israelíes reconocieron las muertes con la economía de palabras que los ejércitos reservan para las noticias que prefieren no amplificar. El Canal 12 reportó que una investigación preliminar describía el ingreso de efectivos a un edificio y un enfrentamiento a corta distancia. El diario Maariv escribió que los golpes de la resistencia libanesa llevaban a las fuerzas israelíes a reevaluar sus tácticas en el sur. Reevaluar las tácticas. Afuera, sobre el mismo edificio, los drones seguían volando. Las pantallas en el centro de operaciones seguían mostrando imágenes en tiempo real de alta resolución. La cobertura era total, permanente, de alta definición. Y no mostraba nada que el sistema no hubiera decidido ya, con anterioridad, que era posible registrar.
El edificio estaba despejado. El sistema lo había confirmado.
El sensor ve la fachada. El territorio tiene profundidad
Hay una pregunta que los analistas militares israelíes llevan semanas evitando formular en público, no porque no tengan respuesta sino porque la respuesta es incómoda. La pregunta es esta: si Israel dispone del sistema de vigilancia más denso y sofisticado del Medio Oriente, con cobertura satelital permanente, drones de reconocimiento de última generación, inteligencia de señales capaz de interceptar comunicaciones encriptadas, análisis predictivo alimentado con décadas de datos operacionales, ¿cómo es posible que una columna blindada de las Fuerzas de Defensa de Israel avanzara sobre el río Litani en marzo de 2026 y encontrara lo que encontró? Hezbolá afirmó haber destruido más de diez tanques Merkava en una sola noche. El gobierno israelí reconoció bajas y daños sin precisar el número. Esa distancia entre lo que uno afirma y lo que el otro reconoce tiene un nombre en el vocabulario de la gestión institucional, pero no es el nombre que nos interesa aquí. Lo que nos interesa es lo que ocurrió antes del primer impacto. Lo que ocurrió mientras los sensores funcionaban perfectamente y no registraban nada que justificara detener el avance.
El tanque Merkava es el emblema de la doctrina militar israelí. No es únicamente un vehículo de combate: es una declaración de principios sobre cómo se gana una guerra. Fue diseñado con una filosofía inversa a la de sus equivalentes occidentales, priorizando la supervivencia de la tripulación sobre la potencia de fuego, con blindaje capaz de absorber impactos de misiles antitanque de generaciones anteriores. Cada Merkava destruido en el sur del Líbano no es solamente una pérdida de material bélico que se mide en decenas de millones de dólares. Es una refutación en metal fundido de una forma de entender el conflicto. Y lo que los destruyó, en varios casos documentados en video y verificados por fuentes independientes, no fueron sistemas de armas de alta tecnología equivalentes. Fueron drones modificados, construidos con componentes comerciales, operados desde posiciones que los radares israelíes no lograron identificar a tiempo, por operadores que conocían con precisión milimétrica los ángulos ciegos del sistema de defensa que tenían enfrente. No porque tuvieran mejor tecnología. Porque tenían mejor conocimiento del territorio donde esa tecnología opera y donde esa tecnología falla.
Esa distinción es la que los informes militares posteriores tienden a enterrar bajo capas de lenguaje técnico. Se habla de fallas tácticas, de protocolos que deben revisarse, de coordinación que debe mejorarse. Se habla, en suma, de ajustes al sistema. Lo que no se dice es que el problema no es el sistema. El problema es la fe en el sistema como sustituto del juicio. Hezbolá no ganó esas batallas porque tuviera más datos que Israel. Ganó porque había cartografiado una dimensión del territorio que ningún sensor aéreo puede leer: la arquitectura relacional del terreno, la red de vínculos entre cada aldea y cada combatiente y cada posición y cada momento del día en que una unidad de élite israelí tiene más probabilidades de entrar a un edificio creyendo que está despejado. Esa red no tiene frecuencia de radio. No emite calor detectable. No figura en ninguna base de datos porque nunca fue construida para figurar en una base de datos. Fue construida para existir en la profundidad del territorio, invisible al sensor que lo mira desde arriba con la certeza de quien cree que ver equivale a entender.
Existe en la teoría militar un concepto que los planificadores de operaciones conocen bien y aplican poco: la diferencia entre información y conocimiento. La información es lo que el sistema captura. El conocimiento es lo que permite interpretar lo que el sistema no captura. Israel en 2026 tiene una capacidad de generación de información sin precedentes en la historia del conflicto armado en esa región. Cada metro cuadrado del sur del Líbano ha sido fotografiado, analizado, clasificado, incorporado a bases de datos que se actualizan en tiempo real. La cobertura es total. Y sin embargo, los dispositivos estaban ahí. Los drones despegaron. Los tanques ardieron. No porque la información fuera insuficiente. Porque el sistema había sido diseñado para capturar cierto tipo de señales y había concluido, institucionalmente, que las señales que no podía capturar no existían. Es una conclusión comprensible. Es también la conclusión más cara que puede tomar cualquier sistema que confunde la extensión de su cobertura con la profundidad de su comprensión.
La red que el mapa no dibuja no es una metáfora. Es una descripción técnica de lo que Hezbolá construyó durante años en el territorio que Israel sobrevolaba a diario convencido de conocerlo. Y esa red, invisible al sensor y decisiva en el combate, plantea una pregunta que trasciende con mucho el análisis militar. Plantea una pregunta sobre qué tipo de inteligencia produce cualquier sistema que mira el mundo desde arriba, con alta resolución, en tiempo real, y llama a eso conocimiento del territorio. Una pregunta que, formulada así, en abstracto, sin referencia a ningún ejército ni a ninguna frontera específica, debería resultar inquietante para cualquier lector que opere, en cualquier industria, con la convicción de que sus datos le dicen todo lo que necesita saber.
Pero eso, por ahora, es otra historia.
La doctrina de la superioridad como forma de morir
El portavoz de las Fuerzas de Defensa de Israel tiene un trabajo que requiere una habilidad específica: la capacidad de describir lo que ocurrió de manera que lo que ocurrió no quede del todo claro. Es una habilidad que se perfecciona con la práctica y que en 2026 ha alcanzado en el ejército israelí un nivel de refinamiento considerable. Cuando un Merkava es destruido por un dron comercial modificado que cuesta una fracción del sueldo mensual de la tripulación que iba adentro, el comunicado oficial no dice eso. Dice que hubo un incidente operacional en el marco de las operaciones en curso en el sur del Líbano, que se están revisando las circunstancias, que las familias han sido notificadas. Lo que no dice es cuántos Merkavas. Lo que no dice es cuántos soldados. Lo que no dice es que el sistema de defensa activa del tanque más blindado de Occidente no fue diseñado para detectar un dron que vuela a baja altura, despacio, sin transponder, guiado por alguien que lleva meses estudiando los ángulos ciegos del radar que debería haberlo visto venir. Eso no está en el comunicado. Está en los videos que circulan en la red antes de que los algoritmos de las plataformas occidentales los clasifiquen como contenido sensible y los hagan desaparecer de los feeds de quienes no saben dónde buscar.
En septiembre de 2024, la inteligencia israelí ejecutó una operación que fue celebrada en los medios occidentales como un golpe maestro sin precedentes en la historia del espionaje moderno. Los buscapersonas de cientos de operativos de Hezbolá detonaron de manera simultánea en territorio libanés. La precisión fue quirúrgica. El impacto psicológico fue inmediato. Los analistas hablaron de una demostración de superioridad tecnológica e inteligencia humana que redefiniría el conflicto. Lo que los analistas no incorporaron en sus modelos es lo que Hezbolá leyó en esa operación. No leyó una derrota. Leyó una señal. Una señal que decía, con una claridad que ningún comunicado oficial podría haber igualado, que la invasión terrestre era inminente. Que Israel había decidido que era el momento. Que los meses siguientes serían los últimos meses disponibles para preparar el territorio antes de que las botas israelíes volvieran a pisarlo. Hezbolá no necesitó interceptar comunicaciones cifradas para saberlo. Le bastó leer el patrón. Le bastó conocer la doctrina. Y conocía la doctrina desde hacía casi dos décadas.
Lo que siguió durante los dieciocho meses entre la operación de los buscapersonas y la invasión de marzo de 2026 no fue improvisación táctica. Fue la aplicación sistemática de un conocimiento acumulado durante veinte años de observación del comportamiento de un adversario que creía estar siendo observado solo desde abajo. Hezbolá sabía cómo entra una unidad de élite israelí a un edificio cuando cree que el terreno está controlado. Sabía qué tipo de estructura elige, qué protocolo sigue, qué señales interpreta como seguridad. Sabía, porque lo había visto repetirse durante dos décadas, que el sistema israelí confía en sus sensores con una fe que no deja espacio para lo que los sensores no pueden capturar. Esos dieciocho meses fueron usados para construir, aldea por aldea, edificio por edificio, la arquitectura del daño que el Batallón 51 encontró en marzo. No como respuesta a la invasión. Como preparación para ella. Esa es la diferencia entre una táctica y una estrategia. Y es también la diferencia entre leer la superficie y leer la estructura.
La doctrina israelí de destrucción de infraestructura civil no es nueva ni fue improvisada en 2026. El ministro de Defensa Israel Katz la enunció con una franqueza que sus antecesores raramente se permitieron: destruir todas las casas en las aldeas próximas a la frontera, siguiendo el modelo de Rafá y Beit Hanún en Gaza, establecer una zona de seguridad interior y mantener el control sobre todo el territorio hasta el Litani. Esa declaración tiene dos propósitos simultáneos que Katz no enunció pero que cualquier lector del conflicto puede leer sin dificultad. El primero es causar el mayor daño posible a una escala que supere con creces cualquier ataque recibido, la vieja lógica de la disuasión llevada a su expresión más literal. El segundo es replicar en el Líbano lo que la operación en Gaza había producido: una destrucción tan sistemática y tan total que el retorno de los residentes se vuelva materialmente imposible, no porque se los prohíba sino porque no hay nada a lo que volver. Jiam arrasada. Qantara demolida. Las imágenes satelitales muestran lo que los comunicados no dicen.
Hezbolá sabía que vendría esto. Lo sabía porque había ocurrido antes, en 2006, con menos tecnología y menos determinación institucional. Lo sabía porque había observado lo que Israel hizo en Gaza durante dos años antes de que las botas llegaran al Líbano. Y lo sabía, con una precisión que ningún análisis de inteligencia formal puede reemplazar, porque llevaba veinte años viviendo en el territorio que Israel sobrevolaba convencido de conocerlo. Esa asimetría, la de quien conoce al que cree conocerlo, fue la que convirtió cada aldea del sur del Líbano en una trampa preparada con paciencia, cada edificio en una pregunta que el dron no sabía hacer, cada plaza en una posición de tiro para un dron que nadie vio despegar. El portavoz israelí llamó a eso reevaluar las tácticas. Es una descripción generosa. Lo que ocurrió fue que una doctrina construida sobre la certeza de la superioridad tecnológica encontró un territorio que había tenido dieciocho meses para prepararse exactamente para esa certeza. Y la certeza, como siempre, entró primero.
La censura sobre el número real de bajas israelíes no es una anomalía en este cuadro. Es su consecuencia más lógica. Un sistema que no puede ver lo que tiene adelante tampoco puede, sin un costo institucional inaceptable, ver lo que le está ocurriendo a sí mismo. Los videos en la red muestran lo que los comunicados no dicen. Los tanques ardiendo en las plazas de las aldeas que iban a ser zona de seguridad. Los Merkavas detenidos, convertidos en objetivos estacionarios para drones que costaron menos que el combustible que los rodeaba. Esas imágenes existen aunque el portavoz no las confirme. La red que el mapa no dibuja opera aunque el sensor oficial no la registre. Y el edificio, como siempre, estaba despejado.
La emboscada no viene del frente
Existe una pregunta que este texto ha estado evitando desde su primera línea, con la misma deliberación con que el dron evitaba registrar lo que no estaba diseñado para registrar. La pregunta no es sobre Israel. No es sobre Hezbolá. No es sobre el sur del Líbano ni sobre los dieciocho meses de preparación silenciosa ni sobre los Merkavas ardiendo en las plazas de aldeas que iban a ser zona de seguridad. La pregunta es sobre cualquier sistema que en 2026 opera con la convicción de que la extensión de su cobertura equivale a la profundidad de su comprensión. Cualquier sistema que confunde el mapa con el territorio. Que confunde la señal con el conocimiento. Que confunde ver desde arriba, con alta resolución, en tiempo real, con entender lo que está abajo.
Durante la era de las tasas de interés cero, el capital de riesgo latinoamericano construyó su propia arquitectura de inteligencia. No la llamó así, pero era eso: un sistema de sensores diseñado para capturar cierto tipo de señales y concluir, institucionalmente, que las señales que no podía capturar no existían. Las señales que el sistema capturaba eran precisas y abundantes: velocidad de crecimiento, valuación de ronda en ronda, narrativa de disrupción, múltiplos de software aplicados a negocios que movían autos usados, cajas de verduras y metros cuadrados de oficina compartida. El dron sobrevolaba el territorio tres veces por día. Las imágenes eran de alta resolución. El perfil del objetivo indicaba una estructura segura para el ingreso. Kavak era una plataforma tecnológica, no una distribuidora de autos con patios de inventario depreciándose en balance. Jüsto era infraestructura digital, no una cadena de supermercados donde el costo unitario de cada pedido superaba el margen bruto del producto entregado. Nelo era la fintech más AI del país, no una operación de crédito al consumo con un CAT promedio de 379.5% anual dirigida exactamente a las personas que menos margen tienen para absorber ese costo. El edificio estaba despejado. Los comités de inversión lo confirmaron. General Atlantic lo confirmó. HSBC otorgó financiamiento estructurado. El sistema procesó la información disponible y llegó a una conclusión. Significa que se puede entrar.
Lo que el sistema no registraba, porque no estaba construido para registrarlo, era la física. No la física como metáfora sino como condición material irreducible: que un auto en inventario se deprecia aunque el dashboard no lo muestre, que cada ciudad nueva en un modelo de entrega ultrarrápida no aporta eficiencias automáticas sino capas enteras de complejidad, que el crecimiento en un negocio intensivo en capital no desacopla costos sino que los arrastra, que una empresa que factura cien millones de dólares con cuarenta empleados y un cuarto de persona dedicada a cobranzas ha resuelto elegantemente el problema de la escala y ha dejado intacto el problema de a quién le cobra y qué pasa cuando esa persona tampoco tiene el dinero en la tercera quincena. Esa información existía. Estaba en los balances, en los unit economics, en la estructura real de cada operación. Pero el sistema había sido diseñado para leer otra cosa: la narrativa. Y la narrativa decía que la tecnología podía neutralizar las restricciones físicas de industrias intensivas en capital. El sensor confirmó que el edificio estaba despejado. La física tenía otros planes.
Cuando las tasas subieron y el tiempo volvió a tener costo, la emboscada no vino del frente. Jüsto cerró en diciembre de 2025, seis años después de su fundación y trescientos millones de dólares después de su primera ronda, dejando de pagar a proveedores con la misma velocidad con que los dispositivos del Batallón 51 se activaron cuando el peso y el calor del cuerpo en movimiento alcanzaron el umbral calibrado. Lo que vino después merece detenerse. Grupo Omni, el holding del empresario costarricense Moisés Chaves, propietario de Bankaool, compró las acciones de Jüsto USA e inyectó cien millones de dólares para relanzar la operación. Un banco regulado, o más precisamente el holding que lo controla, decidió que una empresa que acababa de colapsar después de quemar trescientos millones de dólares sin encontrar el camino a la rentabilidad era exactamente el activo que necesitaba para construir su ecosistema financiero digital. La estrategia declarada: integrar las capacidades logísticas de Jüsto con los servicios bancarios de Bankaool y sumar una distribuidora farmacéutica para completar el portafolio. Un supermercado digital quebrado, un banco regional y una farmacéutica, unidos por una visión de negocio que los analistas describieron con admiración como super app. La pregunta sobre el origen real de los fondos que hacen posible esa visión no apareció en ningún comunicado. Tampoco la hizo el regulador. El dron sobrevoló la estructura y no registró nada relevante. El edificio estaba despejado.
La política latinoamericana de 2026 opera bajo el mismo síndrome con distinta gramática. Nunca en la historia de la región los operadores políticos han tenido acceso a tanta información sobre el electorado. Las encuestas se actualizan semanalmente. El monitoreo de redes sociales procesa en tiempo real millones de conversaciones, identifica tendencias, mapea emociones, construye perfiles de opinión con una granularidad que hace parecer prehistóricos los focus groups de hace veinte años. Los equipos de campaña tienen dashboards. Los dashboards tienen alertas. Las alertas tienen colores. Y aun así los resultados electorales siguen llegando como emboscadas. No porque falten datos. Porque los datos miden preferencias declaradas, comportamiento visible, señales que el ciudadano emite hacia el sensor que sabe que lo está leyendo. Lo que no miden es la red. Las lealtades que no se declaran en una encuesta telefónica. Los agravios que circulan en conversaciones que ocurren exactamente donde el sensor no llega. La arquitectura relacional del territorio electoral, construida durante décadas de experiencia vivida que ningún algoritmo ha sido invitado a procesar, permanece invisible al sistema que sobrevuela el electorado convencido de conocerlo. Hasta que no.
Hay una tentación, al llegar a este punto, de concluir que el problema es tecnológico. Que lo que hace falta es mejor tecnología, sensores más precisos, algoritmos más sofisticados, cobertura más densa. Es la misma conclusión a la que llegan los analistas militares israelíes cuando escriben que hay que reevaluar las tácticas. Es la conclusión que el sistema siempre produce cuando se interroga a sí mismo, porque es la única conclusión que el sistema puede producir sin cuestionarse. Pero el teniente coronel M. no perdió porque sus drones fueran insuficientes. Los comités de inversión no perdieron porque sus modelos financieros fueran imprecisos. El regulador bancario no falló porque sus herramientas de supervisión fueran deficientes. Todos operaron con la doctrina que los había llevado hasta ahí: la convicción de que las señales que el sensor no podía capturar no existían. Esa convicción no es técnica. Es epistémica. Es una decisión sobre qué tipo de conocimiento cuenta como conocimiento. Y esa decisión, tomada en un centro de operaciones militar, en una sala de directorio de venture capital, en una junta de consejo bancario o en el cuartel general de una campaña política, produce siempre la misma consecuencia: el sistema entra al edificio convencido de que está despejado y encuentra lo que el territorio preparó durante los meses en que nadie lo estaba mirando de la manera correcta.
La emboscada no viene del frente. Nunca viene del frente. Viene de lo que la herramienta, por diseño, no fue construida para registrar. Y el problema no es la herramienta. El problema es la fe. La fe en que la cobertura es suficiente, en que el mapa es el territorio, en que ver equivale a entender, en que el sistema que procesa más datos que ningún sistema anterior en la historia es por esa sola razón el sistema que menos puede ser sorprendido. Esa fe es la doctrina. Y la doctrina, como escribió Maariv sin terminar de entender lo que estaba escribiendo, siempre puede reevaluarse. Siempre hay tácticas que ajustar. Siempre hay otra pasada de dron sobre el mismo edificio. Siempre hay cien millones de dólares para inyectar en el cadáver correcto. Hasta que no hay tiempo. Hasta que la columna ya está en el Litani. Hasta que las botas ya están en el edificio. Hasta que el sistema, con toda su cobertura y toda su resolución y toda su fe en sí mismo, descubre que la red que el mapa no dibuja llevaba dieciocho meses esperándolo.
El edificio siempre estuvo despejado. Eso es lo que decía el sistema. Y el sistema, como siempre, tenía razón sobre lo que podía ver.


