Hava Nagila
La canción que todos conocen y nadie sabe de dónde viene.
¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra.” Génesis 4:10
La canción
Hay una canción que todos conocen y nadie sabe de dónde viene. Suena en las bodas, en los bar mitzvahs, en las celebraciones que mezclan el vino con la nostalgia y la nostalgia con algo que se parece al orgullo pero que en realidad es otra cosa, una pertenencia que se hereda sin preguntar de dónde viene ni adónde va. Los invitados se toman de las manos, forman el círculo, y durante tres minutos exactos el mundo tiene sentido: hay un pueblo, hay una historia, hay una canción que lo prueba. Que siempre hubo. Que siempre habrá.
Hava Nagila. Regocijémonos.
Lo que casi nadie en ese círculo sabe, ni falta que hace porque la fiesta no admite preguntas incómodas, es que esa canción no nació en Israel. Nació en Ucrania. En 1918. En el corazón del Pale of Settlement, esa franja de tierras en el occidente del Imperio Zarista donde los judíos tenían permitido existir, aunque no del todo, aunque siempre bajo la amenaza de que el permiso se revocara de un plumazo, de un decreto, de un pogrom organizado desde arriba con la coartada de que surgió desde abajo. La compuso Abraham Zvi Idelsohn, un musicólogo que pasó años recorriendo aldeas, anotando melodías jasídicas en cuadernos que nadie más consideraba dignos de archivo, antes de que ese mundo desapareciera. Antes de que alguien decidiera que debía desaparecer.
La melodía es anterior a Idelsohn. Viene de los jasidim de Sadigura, una dinastía rabínica de la región de Bucovina que hacía de la alegría una práctica espiritual, no el júbilo fácil de quien no ha sufrido, sino la alegría deliberada, casi obstinada, de quien ha sufrido demasiado y decide, cada mañana, no dejar que el sufrimiento sea la última palabra. La letra que Idelsohn le puso en 1918 no habla de la tierra prometida. No habla de retorno ni de redención territorial. Habla de este momento, de este lugar, de la alegría que es posible aquí, ahora, entre los que están. Hava nagila ve-nismeja. Alegrémonos y regocijémonos. No allá. Aquí.
Hay una palabra en yiddish para eso. Una sola palabra que condensa una filosofía entera, una forma de entender la identidad que no necesita fronteras para existir ni ejércitos para defenderse: Doikayt. El aquí. La insistencia radical en que el lugar donde uno vive es el lugar donde uno pertenece, y que la dignidad no se construye emigrando sino resistiendo, no huyendo sino plantándose, no borrando el pasado sino habitándolo. Una palabra que el siglo XX se empeñó en destruir con una eficiencia que todavía asombra, y que los que bailan en el círculo de la boda nunca escucharon porque nadie se las enseñó. Porque alguien, antes, decidió que no era necesario que la supieran.
Esa canción, la de la alegría del aquí, la de la melodía jasídica transcripta por un archivista ucraniano que creía que la memoria era un deber moral, fue adoptada como himno del sionismo. Se la arrancaron al mundo que la produjo con la misma naturalidad con que se arranca una fruta de un árbol ajeno: sin explicación, sin reconocimiento, sin culpa. Y el árbol, más tarde, fue talado. Primero por quienes decían representar al pueblo que lo había plantado. Después por quienes querían exterminar a ese pueblo. El orden importa.
Pero en las bodas de Buenos Aires y de Santiago y de Ciudad de México nadie conoce ese orden. La canción suena, el círculo gira, y la alegría es genuina, y la pertenencia es real, y no hay razón aparente para preguntar cuántas voces callaron para que esta voz fuera la única que quedara.
La historia del pueblo judío, como la de cualquier grupo humano que atravesó los siglos con más libros que batallas, es una sucesión de contradicciones que sus propios protagonistas prefieren no mirar de frente. Esta es una de ellas. Quizás la más incómoda. Porque no la cometió un enemigo externo.
El mundo que existía
En 1897, el mismo año en que Theodor Herzl convocó en Basilea el Primer Congreso Sionista y declaró que en cincuenta años existiría un Estado judío, un grupo de trabajadores judíos se reunió en Vilna para fundar algo completamente distinto. No un congreso de notables, no una convocatoria de intelectuales centroeuropeos que miraban el este con una mezcla de compasión y vergüenza, esa compasión tan particular que se ejerce mejor desde lejos y que nunca pregunta al compasionado si quiere ser salvado. Una organización obrera. El Bund General de Trabajadores Judíos de Lituania, Polonia y Rusia. Sus fundadores eran zapateros, sastres, tipógrafos, trabajadores del cuero, gente que conocía el antisemitismo no como problema filosófico sino como condición de vida, como el aire que se respira cuando el aire tiene olor a miedo.
Su programa era simple hasta la brutalidad: los judíos tienen derecho a vivir donde viven. No en otro lugar. Aquí. Doikayt.
Lo que construyeron en las décadas siguientes no fue un movimiento político en el sentido estrecho del término, sino una civilización paralela dentro de la civilización que los rechazaba. Para los hijos de familias bundistas existía el SKIF, la organización infantil socialista, con su himno sobre la juventud y el mundo abierto. Los adolescentes pasaban al Tsukunft, donde se aprendía que la solidaridad de clase no reconocía fronteras religiosas ni nacionales. Las mujeres del Bund organizaron las primeras clínicas de planificación familiar en el mundo judío del este europeo, pelearon por la licencia de maternidad cuando el concepto apenas existía, exigieron el acceso al aborto cuando pronunciar esa palabra en público equivalía a una condena social. Había coros, campamentos de verano, bibliotecas en yiddish, periódicos en yiddish, teatro en yiddish. Había, sobre todo, YIVO: el Instituto Científico Judío, fundado en Vilna en 1925 por intelectuales que entendían que documentar la vida del pueblo era un acto de resistencia, que la memoria es una forma de combate, que los oprimidos tienen el deber de escribir su propia historia antes de que otros la escriban por ellos. Antes de que otros decidan cuál versión merece sobrevivir.
El yiddish era el centro de todo eso. No el hebreo, lengua del texto sagrado y del proyecto sionista, sino el yiddish, la lengua de la calle, del mercado, de la discusión política y del chiste amargo, la lengua que la élite ilustrada judía miraba con condescendencia, la lengua que Herzl consideraba el idioma de la servidumbre. El Bund la elevó a vehículo de cultura transnacional. Una patria portátil, decían, que no ocupa territorio ni desplaza a nadie y que puede llevarse en la boca a donde sea que el mundo te empuje. Una identidad que no necesita muro ni bandera para sostenerse. Herzl, que nunca habló yiddish y escribía en alemán, tenía otras ideas sobre qué idioma merecía el futuro.
Su postura frente al sionismo no era ambigüedad ni indiferencia. Era rechazo articulado, fundamentado, sostenido en el tiempo con una consistencia que hoy resulta incómoda precisamente porque tenían razón en casi todo. El Bund prohibió la membresía simultánea con organizaciones sionistas desde 1901, no por sectarismo sino por incompatibilidad de diagnóstico: el sionismo decía que los judíos eran un problema en Europa y que la solución era irse; el Bund decía que los judíos eran ciudadanos de Europa y que la solución era quedarse y pelear. Cuando en 1929 estallaron disturbios en Palestina y el mundo judío se lanzó a exigir venganza, el Bund organizó en Varsovia un mitin de tres mil personas bajo el banner que no dejaba lugar a interpretación: Liquiden el sionismo. La resolución que aprobaron esa noche señalaba al sionismo como la causa de la violencia, no a los árabes, porque el sionismo había llegado a una tierra habitada enarbolando la bandera del Imperio Británico y llamando proyecto de redención a lo que era, para quien ya vivía ahí, un desalojo con respaldo imperial.
En 1937, con Europa ya crujiendo bajo el peso de lo que se venía, el periódico bundista Naye Folktsaytung publicó una descripción del proyecto sionista que ningún canciller occidental se atrevería a firmar hoy: un movimiento que se ha propuesto instalar a su gente en una casa que en su mayor parte ya tiene dueño, para quedarse con todo, con la ayuda del portero. El portero era Gran Bretaña. El dueño, ya se sabe, era palestino. La casa, por supuesto, no era una metáfora.
“No odiarás a tu hermano en tu corazón”, dice Levítico 19:17. La misma Torá que el sionismo invocó para reclamar la tierra establecía, en el mismo cuerpo de texto, la prohibición de lo que el sionismo hacía. Pero los textos sagrados tienen la virtud, para quien los maneja con habilidad suficiente, de ser infinitamente selectivos. Se cita el Génesis para la promesa. Se omite el Levítico para la conducta. Una edición muy conveniente del libro que supuestamente no admite ediciones.
En 1938, cuando el gobierno polaco, uno de los más virulentamente antisemitas de Europa, financiaba simultáneamente pogromos contra judíos en las calles de Varsovia y entrenamiento militar para milicias sionistas en campos especiales, con la única condición de que los entrenados se comprometieran a no usar sus habilidades para defender a sus propias comunidades sino exclusivamente para emigrar a Palestina, el líder bundista Henryk Erlich explicó con precisión por qué el Bund se negaba a integrar cualquier frente común con los sionistas: porque el sionismo y el antisemitismo polaco compartían el mismo objetivo. Querían a los judíos fuera de Polonia. Diferían solo en el destino y en la cortesía del trato. Erlich fue arrestado por la NKVD soviética en 1939, murió en un campo estalinista en 1942, y el Estado de Israel lo ignoró con la ecuanimidad de quien entierra lo que no le conviene recordar.
Pero el Bund no era solo Polonia. Era también la prueba de algo que el sionismo necesitaba negar: que los judíos podían vivir, construir y resistir fuera de Israel porque lo habían hecho durante siglos, en lugares donde nadie les había prometido nada y nadie les había pedido que se fueran. La comunidad judía de Bagdad llevaba presente en Mesopotamia desde la deportación babilónica, seiscientos años antes de Cristo. La de Teherán era anterior al Islam, anterior al Imperio Sasánida, anterior a casi todo lo que hoy llamamos historia documentada. Convivieron con califatos y con shahs, con el Islam chiita y con el sunita, con prosperidad y con restricciones, como cualquier minoría en cualquier lugar del mundo, con la misma proporción de tensiones y acuerdos que define toda coexistencia humana que no ha sido forzada a elegir bando. ¿Acaso la historia de los judíos en Irak o en Persia fue perfecta? No más que la historia de los católicos en Francia o de los protestantes en España. Pero era historia. Era vida. Era Doikayt en árabe y en persa, aunque nadie usara esa palabra.
Fue el sionismo quien los convirtió en problema. Cuando en 1950 la vida judía en Irak comenzó a volverse insostenible, no fue solo por el antisemitismo árabe avivado por la Nakba. Fue también porque el Mossad operaba en Bagdad con una agenda que los archivos confirman a medias y la lógica confirma por completo: acelerar la emigración de los judíos iraquíes hacia un Israel que necesitaba población para llenar el territorio vaciado de palestinos. El mecanismo hoy ya es repetitivo: hacer imposible la vida en el lugar y obligar a emigrar. Lo que el sionismo hace con los palestinos y con los libaneses del sur del Líbano, ya lo hizo antes con los propios judíos del mundo árabe y persa. La diferencia es que a esos nadie los llama víctimas del sionismo, porque el relato oficial los necesita como prueba de que los países árabes son inhabitables para los judíos. No como prueba de que alguien se encargó de que lo fueran.
El historiador Avi Shlaim, él mismo nacido en Bagdad, documentó con precisión lo que los registros muestran: se plantaron bombas cerca de lugares frecuentados por judíos para hacer más urgente la decisión de irse. No todos los atentados tienen la misma autoría probada. Pero Shalom Salah Shalom y Yosef Ibrahim Basri, dos militantes del underground sionista, fueron ejecutados por los tribunales iraquíes con las manos aún con olor a pólvora. Sus últimas palabras, registradas, fueron: “Viva el Estado de Israel.” En menos de dieciocho meses, 110.000 judíos iraquíes habían dejado Bagdad. La operación se llamó Ezra y Nehemías, nombres de profetas que lideraron retornos. Los que se fueron no volvieron. Los que quedaron tardaron décadas más en entender que tampoco ellos tenían lugar en el nuevo relato.
Hay una continuidad que conviene mirar de frente. En 1950, el sionismo destruyó la comunidad judía de Bagdad para poblar Israel. En 2026, destruyó la sinagoga Rafi-Nia de la comunidad que había sobrevivido a todo, la sinagoga más antigua de Irán. Lo que no pudo sobrevivir fue a quien decía representarla. Ese detalle, por alguna razón, no aparece en los comunicados de prensa del gobierno de Netanyahu. Tampoco nadie lo acusó de antisemitismo por eso.
El primer exterminio
Max Nordau tenía una teoría sobre el cuerpo judío que no habría desentonado en ninguna facultad de eugenesia de la época: el judío de la diáspora era un ser físicamente degradado por siglos de gueto, de estudio excesivo, de vida sedentaria y comercio urbano. La solución no era teológica ni política. Era biológica. El muskeljudentum, el judaísmo muscular, no era una metáfora. Era un proyecto de ingeniería corporal con ambiciones de Estado. Betar lo llevó al extremo: camisas marrones, desfiles, Jabotinsky admirando abiertamente a Mussolini, campos de entrenamiento financiados por el Duce en Italia. La estética no era accidental. Era el mensaje. El nuevo judío no sería el rabino del gueto ni el socialista del Bund. Sería el soldado. El colono. El hombre que toma la tierra porque tiene la fuerza para tomarla y la convicción de que Dios se la debe.
¿Qué hacer, entonces, con el judío que no encajaba en ese molde? El 30 de junio de 1924, al salir de la sinagoga Shaare Zedek en Jerusalén, Jacob Israël de Haan, poeta neerlandés y antisionista que creía en la convivencia, fue abatido por agentes de la Haganá. La primera bala del movimiento sionista no se disparó contra un árabe. Se disparó contra un judío que creía que había otra manera. Los que no cabían en el diseño no eran disidentes. Eran contaminación.
La lógica no se detuvo en De Haan. La Saison de 1944, el Altalena de 1948, el borramiento sistemático del Bund del relato oficial del judaísmo: cada episodio fue una estación del mismo itinerario. El monopolio de la violencia nació mirando hacia adentro, hacia el que disentía, hacia el que recordaba que existían otras opciones. Cuando ese monopolio terminó de consolidarse hacia afuera, ya llevaba décadas de práctica. La guerra siempre empezó en casa.
Y entonces llegó la foto.
Pietro Masturzo, fotógrafo italiano, el 12 de octubre de 2025 en Idhna, una aldea en el oeste de Hebrón, Cisjordania. Lo que fotografió no requiere interpretación: un hombre, colono israelí, armado, con el teléfono en alto, grabando a una mujer palestina que lo mira con la expresión de quien ha aprendido que el miedo no desaparece si se le pone nombre. El hombre sonríe. No con la tensión del soldado en combate ni con la frialdad del funcionario que cumple órdenes. Sonríe con la satisfacción tosca, casi infantil, de quien sabe que puede hacerlo impunemente y quiere que quede registrado que lo sabe. L’Espresso puso esa imagen en portada con un título de una sola palabra: L’abuso.
La reacción del gobierno israelí no se hizo esperar. El embajador en Roma, Jonathan Peled, no condenó al colono. Condenó a la revista. La acusó de antisemitismo. Y antes de que el escándalo diplomático ocupara los titulares, circuló con insistencia en medios proclives al sionismo la teoría de que la imagen había sido generada por inteligencia artificial. No podía ser real. El judío nuevo no se ve así.
Aquí conviene detenerse, porque el argumento merece toda su extensión.
El sionismo pasó un siglo construyendo la imagen física del judío nuevo: alto, musculoso, bronceado, de mandíbula firme y mirada resuelta. Los carteles de los kibutzim con jóvenes de torso descubierto sosteniendo azadas bajo el sol de Eretz Israel. Todo ese aparato visual tenía un propósito preciso: destruir para siempre la caricatura antisemita del judío europeo, ese ser encogido, pálido, de nariz prominente y manos de usurero, que el imaginario europeo había fabricado durante siglos para justificar su persecución. El judío nuevo era su negación física, su refutación en carne y músculo.
El colono de Idhna no se parece al judío nuevo de los carteles de Betar. Se parece a la caricatura que Betar juró abolir. Y eso, para el gobierno israelí, era el verdadero escándalo de la foto: no la mujer palestina aterrorizada, no el arma, no la sonrisa de la impunidad. El escándalo era que la realidad colonial había producido exactamente el cuerpo que el proyecto sionista prometió que nunca volvería a existir. Porque la impunidad no esculpe cuerpos. Los infla. Y ninguna cantidad de retórica sobre el judaísmo muscular puede compensar lo que le hace a un hombre décadas de saber que puede hacer lo que quiera sin que nadie lo detenga.
Acusar a Masturzo de antisemitismo es acusar al espejo. Pero el espejo tiene la ventaja, sobre el embajador, de no mentir.
Lo que se llevaron
Walter Benjamin, el filósofo alemán judío que se suicidó en la frontera entre Francia y España en 1940 antes de que los nazis pudieran deportarlo, dejó escrito algo que los bundistas de Vilna parecían conocer sin haberlo leído: que el único historiador capaz de avivar la chispa de la esperanza en el pasado es aquel que está firmemente convencido de que ni siquiera los muertos estarán a salvo del enemigo si este vence. No hablaba de los nazis solamente. Hablaba de cualquier poder que hace la guerra contra la memoria. Hablaba, sin saberlo, de lo que vendría después.
Porque el sionismo también hace la guerra contra la memoria. No con las mismas armas ni con la misma escala, pero con la misma dirección: hacia el archivo, hacia el testimonio, hacia la versión de la historia que desmiente el relato oficial. Cuando en 2024 el ejército israelí bombardeó la Universidad Islámica de Gaza destruyó con ella décadas de archivos históricos palestinos. Cuando en 2025 las excavadoras pasaron sobre cementerios en Gaza dibujando estrellas de David con las huellas de los tanques, no fue un accidente operativo. Fue el mismo gesto, con distinto uniforme y la misma lógica: que una memoria borrada es una resistencia imposible, que un pueblo sin archivo es un pueblo sin argumento. El soldado israelí destruyendo la imagen de Cristo en el sur del Líbano en abril de 2026, no es una desviación, aunque Netanyahu manifestara su “conmoción“ luego de intentar negar la veracidad de la fotografía.
Molly Crabapple lo vio de cerca en Lyd, la ciudad que los israelíes llaman Lod, durante una visita organizada por Zochrot. Mientras la guía describía la masacre que la milicia sionista Palmach perpetró en 1948 contra palestinos refugiados en una mezquita, un hombre calvo con lentes espejo y el cuello grueso de quien ha aprendido que la fuerza física reemplaza al argumento se acercó al grupo e intentó interrumpir. No con preguntas. Con furia. Crabapple reconoció esa furia: era la misma de los nacionalistas polacos que orinan sobre las fosas comunes de judíos en los bosques de Ponar y se niegan a reconocer que sus abuelos tuvieron algo que ver con cómo llegaron los cuerpos hasta ahí. La furia de quien necesita que el muerto no hable porque si habla, algo se cae. No la verdad histórica, que es resistente. Lo que se cae es el relato. Y sin el relato, no hay proyecto.
El sionismo no puede tolerar la foto de Masturzo por la misma razón que ese hombre no podía tolerar la visita en Lyd: porque la evidencia desmiente el mito, y sin el mito la empresa entera queda expuesta como lo que siempre fue. No la redención de un pueblo. La sustitución de una narrativa por otra, con los mismos instrumentos que los perseguidores habían usado antes, con la diferencia de que esta vez los que los usaban podían llamarse víctimas y cobrar ese capital moral como una línea de crédito sin vencimiento.
Y entonces vuelve la canción.
Hava Nagila suena esta noche en una boda en Buenos Aires. Los invitados se toman de las manos, forman el círculo, y la alegría es genuina porque la alegría siempre es genuina cuando no se sabe lo que cuesta. Nadie en ese círculo sabe que esa melodía nació en Ucrania, que el mundo que la produjo fue destruido dos veces: una por el sionismo, que llamó diáspora enferma a esa civilización de zapateros y poetas y activistas que insistían en que el futuro se construye donde uno vive, y otra por Hitler, que terminó el trabajo con una eficiencia que el sionismo nunca tuvo pero que tampoco lamentó demasiado, porque los muertos del gueto de Varsovia no podían ya disputarle el monopolio de lo que significa ser judío.
“No añadirás nada a lo que yo te mando, ni quitarás nada de ello.” Deuteronomio 4:2. El sionismo no solo añadió. Quitó. Quitó una civilización entera del relato de lo que significa ser judío, quitó el yiddish y el Doikayt y el YIVO y los treinta mil militantes que murieron en Auschwitz creyendo que el futuro estaba en el aquí, y junto con todo eso quitó la canción, que ahora suena en las bodas como si siempre hubiera sido suya, como si nunca hubiera pertenecido a otro mundo, como si ese otro mundo nunca hubiera existido.
El director de la Asociación Judía de Teherán dijo el 7 de abril de 2026, con la sinagoga Rafi-Nia todavía humeando después de los bombardeos israelíes: “Somos judíos iraníes. Estamos dispuestos a sacrificar nuestras vidas por nuestra patria.” Su patria era Irán. No Israel. Era el Doikayt hablando desde Persia en 2026, con 2.500 años de raíces bajo los pies y las bombas de quien decía representarlo cayendo sobre su cabeza. Nadie lo acusó de antisemitismo. Quizás porque era judío. Quizás porque era demasiado obvio. Quizás porque hay verdades que ni el aparato más sofisticado de gestión narrativa consigue convertir en otra cosa.
¿A quién le pertenece Hava Nagila? No es una pregunta de derechos de autor. Es una pregunta sobre qué fue robado, y cuándo, y por quién, y por qué los que bailan en el círculo esta noche no lo saben. Y sobre si alguna vez, cuando la música pare y el círculo se deshaga y cada uno vuelva a su silla, alguien se hará esa pregunta en voz alta.
O si también eso, como tantas otras cosas, será administrado hacia afuera.



