La Arquitectura del Pánico
Netanyahu, el sionismo cristiano y la simulación.
El miedo como arquitectura del mal
Hay una escena que Netanyahu preferiría que no existiera. No la del misil iraní cayendo a metros del Santo Sepulcro, esa la usó él mismo, con bastante eficiencia narrativa, en su comunicado del 29 de marzo. La escena incómoda es otra, más pequeña, casi doméstica en su escala: un cardenal caminando solo hacia una iglesia, sin procesión, sin multitud, sin ceremonial de ningún tipo. El cardenal Pierbattista Pizzaballa, Patriarca Latino de Jerusalén, se dirigía al Santo Sepulcro de forma privada para celebrar una “breve y pequeña ceremonia“ que preservara, siquiera en gesto, la continuidad de dos mil años de liturgia. No pidió escolta. No convocó peregrinos. No generó el tipo de aglomeración que un protocolo de seguridad podría “razonablemente” objetar.
La temida policía israelí lo interceptó antes de llegar.
Existe una diferencia entre detener una procesión y detener a un hombre. La primera es gestión de multitudes. La segunda es otra cosa, aunque los comunicados oficiales prefieran no nombrarlo. Netanyahu se apresuró a aclarar que no hubo “ninguna mala intención“ (Hitler y Stalin podrían haber dicho lo mismo). El presidente Herzog llamó personalmente al cardenal para expresar su “profundo pesar“. Italia convocó al embajador israelí. Francia condenó la decisión. Pedro Sánchez condenó la acción como una falta de libertad religiosa, a quién contestó rabiosamente el ministro de relaciones exteriores de Israel. El papa León XIV, desde Roma, habló de cristianos que “no pueden vivir plenamente los ritos de estos días santos”. Pocas horas después, la agencia EFE constató que en la Iglesia de San Salvador, también dentro de la Ciudad Vieja, se celebraba una misa con más de cien personas. Sin interferencia.
Conviene detenerse aquí un momento.
Cuando un sistema produce, en el mismo día, un bloqueo y su excepción; cuando el jefe de gobierno sale a aclarar que no hubo mala intención antes de que nadie se lo preguntara; cuando el presidente de la república llama personalmente para lamentar lo que su propio aparato de seguridad acaba de hacer, ese sistema no está gestionando una crisis. Está administrando un pánico. Y el pánico, a diferencia de la crueldad calculada, se reconoce precisamente por eso: actúa antes de pensar, y luego gasta el doble de energía intentando parecer que pensó.
El mal, cuando es fuerte, no se disculpa. No convoca embajadores. No necesita explicar sus intenciones. El mal fuerte simplemente actúa y deja que el mundo se acomode a la nueva realidad. Lo que ocurrió el Domingo de Ramos en Jerusalén no tiene la textura de la fuerza. Tiene la textura del miedo. Y el miedo, como categoría analítica, es infinitamente más revelador que la crueldad, porque la crueldad puede ser racional, el miedo nunca lo es del todo.
¿Qué le teme exactamente un Estado con capacidad nuclear que amenaza y asesina sin restricciones, con el respaldo militar de la primera potencia del mundo, con control efectivo sobre la Ciudad Vieja de Jerusalén desde 1967, a un cardenal de setenta años caminando solo hacia una iglesia un domingo por la mañana?
Le teme a la interrupción de la simulación. El mal, en su versión sionista, ha dejado de ser ‘banal’ para volverse patético: es un sistema que usa misiles para eliminar objetivos en Gaza porque no puede eliminar la Verdad en Jerusalén.
La respuesta oficial es: los misiles iraníes. La respuesta real requiere otro tipo de análisis. Porque los misiles iraníes no cambiaron nada en las últimas horas antes del Domingo de Ramos. Lo que cambió fue el calendario. Y el calendario de la Semana Santa tiene una gramática que ningún protocolo de seguridad sabe cómo procesar.
El deicidio como protocolo administrativo
No es la primera vez que alguien intenta cerrarle la puerta a esta historia. El antecedente más antiguo que registra la tradición cristiana ocurrió también en Jerusalén, también con autoridades civiles y religiosas actuando de consuno, también con una justificación de orden público. El resultado de aquel intento es, precisamente, el edificio que Pizzaballa no pudo entrar el Domingo de Ramos. Hay una ironía en eso que ningún comunicado oficial puede administrar: el Santo Sepulcro existe porque el primer intento de clausurar la verdad fracasó. El segundo, el del 29 de marzo, tiene todas las condiciones para fracasar por las mismas razones.
Pero conviene no apresurarse hacia la teología. Antes está la mecánica.
Matar a Jesús fue, en sus términos estrictamente administrativos, un problema de gestión de anomalías. Roma tenía un sistema que funcionaba. El Templo tenía un sistema que funcionaba. Ambos sistemas procesaban realidades reducibles a categorías conocidas: tributos, linajes, jerarquías, leyes escritas. Lo que no podían procesar era una verdad que no pedía permiso para circular, que cruzaba fronteras jurisdiccionales sin documentación, que convocaba multitudes sin estructura de mando visible y que, lo más inquietante de todo, no tenía precio. Un sistema que no puede asignarle precio a algo no sabe qué hacer con ese algo. La solución administrativa fue la eliminación. No por maldad en el sentido romántico del término, por incompatibilidad de sistemas.
Hannah Arendt hubiera querido que esto fuera la banalidad del mal, una vez más. El burócrata distraído, el engranaje que obedece sin procesar, el funcionario que no eligió, sino que simplemente no pensó. Es una teoría elegante, cómoda, y en este caso completamente inaplicable. La solicitud del cardenal Pizzaballa fue revisada el día anterior. Hubo deliberación. Hubo un momento en que alguien, con nombre y cargo, evaluó la situación y decidió que no. El mal que bloqueó esa puerta no era banal. Sabía exactamente lo que estaba bloqueando, y esa es la diferencia que ningún comunicado de “profundo pesar“ puede administrar del todo.
El cierre del Santo Sepulcro el Domingo de Ramos es un acto de la misma naturaleza. No requiere suponer en Netanyahu una animosidad personal contra el cardenal Pizzaballa, ni contra los dos mil años de liturgia que ese cardenal representa. Requiere algo más simple y más perturbador: un sistema que sabe perfectamente lo que está bloqueando y decide bloquearlo de todas formas. Una “breve y pequeña ceremonia privada, las palabras son del propio Pizzaballa, fue revisada, evaluada, y rechazada. No porque no entrara en ninguna categoría de riesgo reconocible. Sino porque entró en una categoría que el sistema reconoce muy bien: la de las presencias que no conviene autorizar cuando el calendario tiene una gramática que el poder prefiere no amplificar.
Eso es el deicidio administrativo: no la decisión de matar la verdad, sino la incapacidad de reconocerla como tal. El piloto automático del poder aplicado a lo que, por definición, no tiene piloto automático. La cruz reducida a un incidente de seguridad en la Ciudad Vieja. La Semana Santa convertida en una variable que el sistema no logró optimizar a tiempo.
Y, sin embargo, algo en el sistema lo sabía. Algo en el sistema entendió que ese cardenal caminando solo hacia esa iglesia era una amenaza de una naturaleza que los misiles iraníes no podían justificar del todo. Por eso Herzog llamó. Por eso Netanyahu explicó. Por eso la maquinaria diplomática se activó con una velocidad que ningún protocolo de seguridad ordinario habría requerido. El sistema bloqueó el gesto y luego gastó el resto del día intentando convencerse de que había hecho lo correcto.
Eso no es la conducta de quien tiene razón. Es la conducta de quien sabe que no la tiene.
El precio de no nombrar a Cristo
Cerca de donde vivo hay un templo que se llama Bet Shalom. El nombre es hebreo. El interior también: simbología judía, referencias al Antiguo Testamento, una estética cuidadosamente depurada de cualquier elemento que pudiera confundirse con cristianismo. No hay cruz. No hay imagen de Cristo. No hay nada que un visitante desinformado pudiera asociar con la fe que sus miembros dicen profesar. Hace unos días, más por provocación que por curiosidad, pregunté por esa ausencia, una de sus integrantes señaló una pantalla apagada y explicó que algunas veces proyectaban imágenes de la cruz. Una cruz que aparece en una pantalla apagada es, en términos simbólicos, una definición bastante precisa de lo que el sionismo cristiano ha hecho con Cristo: lo mantiene disponible para cuando se necesite, y lo apaga cuando incomoda.
La mujer, al seguir conversando, dijo algo que vale más que cualquier análisis teológico: que vivía en confusión. Que había llegado ahí siendo cristiana y ya no entendía qué quedaba de eso. Sabía perfectamente cómo tratan los judíos ortodoxos de Jerusalén a los sionistas cristianos, ese desprecio no es un secreto, es casi una política. Y sabía también, aunque lo dijera con la incomodidad de quien nombra algo que preferiría no nombrar, cuál era la mecánica real de la relación: quien pone la plata pone la música. El gobierno israelí tiene instrucciones muy precisas para sus aliados evangélicos: no hablar de Cristo, no hablar de la cruz, mantener la alianza en el terreno de lo geopolítico y lo escatológico, pero nunca, nunca, en el terreno de lo específicamente cristiano. Porque lo específicamente cristiano, la cruz, la resurrección, el juicio moral sobre el poder, es exactamente lo que el sionismo político no puede administrar.
Trump lo dijo sin querer decirlo, con esa habilidad peculiar que tiene para revelar verdades que sus interlocutores preferirían mantener en penumbra: “hay cristianos a quienes Israel les gusta más que a los propios judíos”. No lo dijo como crítica. Lo dijo como dato. Pero el dato tiene una profundidad que Trump no estaba equipado para procesar: si hay cristianos a quienes Israel les gusta más que a los propios judíos, la pregunta que sigue es inevitable. ¿Qué tipo de cristianismo es ese? Uno que subordina su fe a la agenda de otro Estado, que financia con sus diezmos una política que ese Domingo de Ramos le cerró la puerta en la cara a su propia máxima autoridad en Tierra Santa, que borra a Cristo de sus templos porque el socio geopolítico así lo prefiere.
El obispo que lo dijo con más claridad no habló en un sínodo ni en una encíclica. Lo dijo en una entrevista con Tucker Carlson, que antes era uno de los pocos espacios mediáticos donde esa verdad podía circular sin ser inmediatamente archivada como antisemitismo: los sionistas cristianos prefieren a los judíos sobre los propios cristianos. No como declaración de fe. Como jerarquía de lealtades. Una jerarquía en la que Cristo ocupa, en el mejor de los casos, el lugar de la pantalla apagada.
Lo que el Domingo de Ramos reveló no fue una ruptura. Las alianzas se rompen cuando las partes descubren que querían cosas distintas. Lo que se reveló fue algo anterior y más perturbador: que una parte de esa alianza nunca fue lo que decía ser. Que el sionismo cristiano no es cristianismo con simpatías geopolíticas. Es geopolítica con decoración bíblica. Y que la decoración, ese Domingo de Ramos, quedó del lado de afuera de una puerta cerrada mientras el Patriarca Latino daba media vuelta en una calle de Jerusalén con la cortesía del que sabe que no tiene sentido discutir con quien ya tomó la decisión.
La hipocresía no está en apoyar a Israel. Está en hacerlo en nombre de Cristo mientras se borra a Cristo de los templos propios. Está en financiar un sistema que trata a los peregrinos cristianos en Jerusalén con el desprecio documentado que cualquier viajero honesto puede constatar, y seguir llamando a ese financiamiento un acto de fe. Está en tener una cruz que solo aparece en una pantalla apagada y llamar a eso un templo cristiano.
El Bet Shalom de mi barrio no es una anomalía. Es un síntoma con dirección postal.
El cristiano no sionista como hereje necesario
Pizzaballa no se quedó en casa. Eso merece ser dicho antes que cualquier otra cosa, porque es el dato que el poder nunca calcula bien cuando decide cerrar una puerta. El cardenal interceptado a metros del Santo Sepulcro caminó hasta Getsemaní, el lugar donde, según los Evangelios, Jesús pasó la última noche antes de ser arrestado, y ahí, ante un grupo reducido a la prensa por las restricciones de la guerra, levantó una reliquia de la Santa Cruz y dijo: “Hoy Jesús llora una vez más por Jerusalén.” No protestó. No confrontó. No emitió el tipo de declaración que los sistemas de comunicación institucional procesan como incidente diplomático manejable. Simplemente fue a otro lugar y continuó. La verdad, cuando no puede entrar por una puerta, busca otra. Lleva dos mil años haciéndolo.
Pero hay algo en ese gesto que va más allá de la resiliencia litúrgica. Hay una declaración implícita que el poder israelí, con toda su capacidad de procesamiento político, no estaba equipado para leer: que ser cristiano hoy, en el sentido más literal y exigente de la palabra, es un acto de resistencia. No la resistencia que la ultraderecha y el sionismo cristiano llevan décadas proclamando, esa resistencia cómoda que se ejerce contra el islam, contra la cultura woke, contra el enemigo que el sistema designa para que la indignación tenga dirección y no llegue nunca demasiado cerca de quien la financia. Una resistencia distinta. Más incómoda. Más costosa. La resistencia frente al sionismo.
Eso es lo que ningún análisis geopolítico convencional está dispuesto a nombrar con esa precisión, porque nombrarlo con esa precisión activa de inmediato el mecanismo de defensa más sofisticado que el sionismo político ha construido en setenta años: la acusación de antisemitismo. Un mecanismo tan eficiente que logra lo que ningún otro sistema de censura ha logrado en la historia moderna: hacer que la víctima de la acusación tenga que demostrar su inocencia antes de poder terminar la frase. Pero el cardenal Pizzaballa no es antisemita. El papa León XIV, que ese mismo domingo habló de cristianos que no pueden vivir plenamente sus ritos, no es antisemita. Macron, que condenó expresamente la decisión, no es antisemita. Meloni, y esto es lo que debería producir el mayor cortocircuito en el tablero del sionismo cristiano, Meloni, que convocó al embajador israelí, que calificó el hecho de ofensa a la libertad religiosa, es la misma Meloni que la derecha europea presenta como el paradigma de la civilización judeocristiana que hay que defender. Ese domingo, la civilización judeocristiana que Meloni dice defender le cerró la puerta a Meloni.
El cristiano no sionista no es, como la narrativa dominante prefiere presentarlo, un ingenuo que no entiende la complejidad geopolítica del conflicto, o peor, un antisemita con coartada teológica. Es alguien que ha leído el contrato con suficiente atención como para notar que la letra chica dice cosas que la propaganda no dice. Que la alianza exige borrar la cruz de los templos propios. Que el precio de la lealtad es el silencio sobre Cristo. Que el sistema al que se le presta legitimidad religiosa es el mismo que ese Domingo de Ramos decidió que una ceremonia privada en el lugar más sagrado del cristianismo era una amenaza que sus protocolos no podían aprobar.
Ejercer el derecho a la herejía hoy, y aquí la palabra herejía recupera su sentido etimológico, el de quien elige, el de quien no acepta el dogma sin examinarlo, es negarse a ese contrato. Es insistir en que la fe cristiana no es un instrumento geopolítico disponible para quien pague mejor. Es reconocer que el enemigo de la cruz ese Domingo de Ramos no cruzó ningún mar ni profirió ninguna amenaza civilizatoria. Llegó con un protocolo de seguridad y cortesía burocrática, y le pidió al Patriarca Latino que diera media vuelta.
Hay en eso una gramática que el poder moderno, con toda su capacidad de procesamiento, con todos sus protocolos y sus comunicados y sus llamadas de “profundo pesar“, no sabe cómo responder. Porque esa gramática no pide permiso. No necesita que la aprueben. No tiene campo en ningún formulario de seguridad. Y la única respuesta que el sistema tiene para lo que no puede formular es cerrarlo. Bloquearlo. Interceptarlo a metros de la puerta.
Lleva dos mil años intentándolo. El resultado es el edificio que Pizzaballa no pudo entrar ese domingo. Y que seguirá ahí el domingo que viene. Como siguió ahí después de que Pedro lo negó tres veces.
Y en estos días, justo cuando el calendario marca esos mismos días, yo no lo niego. Lo afirmo. Soy cristiano. Soy católico. Y tengo mi fe no sólo por crianza ni por tradición heredada sin examen, sino por convicción. Creo en el mensaje de Cristo. En su versión más incómoda para el poder, la más difícil de administrar, la que ningún protocolo de seguridad ha logrado interceptar en dos mil años: la del Cristo de los pobres y los desplazados. La del que entró a Jerusalén sin ejército. La del que el poder de su tiempo también decidió que era una amenaza que sus protocolos no podían aprobar.
Esa fe no necesita pantalla. Y no se apaga.


