La Coartada Perfecta
¿De qué nos reímos?
El pendrive
Un pendrive con la cara de Batman puede contener una fortuna y terminar vendido en diez dólares sin que nadie en la operación se dé cuenta de nada. Es lo que les pasó a tres físicos de una serie de televisión, aunque tardaron siete años en enterarse y, para cuando se enteraron, ya era tarde.
En 2010, Leonard, Howard y Raj se pasan una noche entera minando bitcoins con una notebook vieja. La moneda no vale casi nada, lo hacen por diversión, juntan unas cuantas y se olvidan. Sheldon, el cuarto del grupo, se niega a participar porque le preocupan las complicaciones impositivas. Es el único que piensa en los impuestos y, con los años, será el único que termine arrepentido.
Siete años después, alguien recuerda que esas monedas que no valían nada ahora valen una fortuna. Empieza la cacería. El problema es que los bitcoins estaban guardados en la notebook de Howard, que ya no aparece, así que tienen que encontrarla. Cuando la encuentran, no están ahí. Estaban en otra, la vieja computadora de Leonard, que había ido pasando de mano en mano hasta parar en casa de un ex de Penny. Mientras tanto, ya se reparten el dinero que todavía no tienen. Raj quiere comprarse un tigre. Howard duda entre un auto nuevo y el fondo universitario de su hija.
Recuperan la computadora. La carpeta está vacía. Y ahí Sheldon confiesa. Años atrás, ofendido porque lo habían dejado afuera, había entrado a la máquina, había pasado todos los bitcoins a un pendrive con forma de Batman que colgaba del llavero de Leonard, y se había quedado callado siete años esperando el momento de revelarlo, solo para verlos sufrir. El momento llega. Sheldon lo disfruta. Y entonces Leonard avisa que ese llavero lo perdió hace años. La fortuna estuvo todo el tiempo en su bolsillo y la perdió sin saberlo. Sheldon, derrotado, declara que todos aprendieron una lección. Le preguntan cuál. No se acuerda.
Falta el final. Cuatro años antes, Stuart, el dueño de la tienda de cómics, había encontrado ese llavero mientras limpiaba. No sabía lo que tenía. Vio un pendrive usado, lo borró para dejarlo limpio y lo vendió por diez dólares. Y es el mismo Stuart que, cuando se entera de la fortuna, jura que él también había ayudado a minar y reclama su parte. Vendió millones por diez dólares y pide una tajada de lo que ya regaló.
El capítulo se llamó El enredo del Bitcoin, se emitió en noviembre de 2017, y es parte de The Big Bang Theory, la comedia sobre hombres que dominan la física cuántica y fracasan en el supermercado. Lo escribieron para que diera risa, y la da, porque tanta torpeza junta solo puede pasar en una serie.
Hasta que pasó fuera de la serie. Casi una década después, un hombre que habla todas las mañanas en nombre de un gobierno se sentó frente a las cámaras a explicar de dónde salió su fortuna, y contó, con otras palabras, este mismo cuento. Compró la moneda cuando no valía nada. La guardó como un trofeo. No encuentra bien los comprobantes porque los tiene entre sus computadoras viejas, que colecciona. Una historia preciosa. La única diferencia es que esta no la escribieron para hacernos reír.
El asceta del asado
Conviene dejarlo hablar primero, sin interrumpirlo, porque pocas veces un hombre se explica con tanta locuacidad. Sentado en horario central, frente a un periodista amable, Manuel Adorni, jefe de Gabinete del Gobierno argentino, reconstruyó el origen de su fortuna como quien ordena un álbum de familia. Su primer dinero, contó, apareció en 2002, cuando murió su padre, y eran doscientos mil dólares que él y su hermano encontraron en la casa del difunto. Con ese capital fundacional se metió en 2013 en el mundo del bitcoin y en 2014 empezó a invertir fuerte, aunque su esposa no estaba de acuerdo. Entre 2014 y 2018 puso los doscientos mil dólares y ganó trescientos mil. Después, cuando llegaron los hijos, se volvió más conservador y se retiró de la moneda, con la prudencia de un buen padre de familia que ya tiene resuelto el seguro de vida. Guardó la ganancia como un trofeo en sus computadoras viejas, las cuales colecciona. No la declaró porque, en sus palabras, “con mi mujer toda la vida ahorramos en negro, como la mayoría de los argentinos”. Hoy su patrimonio declarado asciende a seiscientos veintisiete millones de pesos argentinos, y para regularizar el olvido se anotó en un mecanismo tributario que, pareciera nombrado por un humorista, se llama Régimen de Inocencia Fiscal. La inocencia, ahora, es un trámite.
El relato sería perfecto, y a la vez similar al de la serie de televisión, si no existiera el resto de su vida. Empecemos por una sola fotografía, la del asado, que ya tiene vida propia en las redes y la televisión abierta. En ella se ve a un Adorni más joven, sin pelo, frente a una parrilla improvisada, prendiendo el fuego contra una pared sin terminar, en el fondo a medio construir de una casa modesta. La imagen resultó tan elocuente que en la televisión argentina se dedicaron, literalmente, a estudiarla, y en un detalle que conviene subrayar, lo hicieron por igual los canales oficialistas y los opositores, que no suelen coincidir en nada. El veredicto de uno de esos programas resumió el de todos, “en cada pixel de esa foto se nota que falta plata”. De un lado y del otro de lo que en Argentina se llama “la grieta”, el mismo diagnóstico y el mismo ataque de risa frente a un hombre en alpargatas, en un asado donde falta carne, falta vino, falta todo lo que significa un asado en la Argentina, que, según su propio relato, por esos años escondía medio millón de dólares. Cuesta reconciliar al asceta del asado con el visionario de las criptomonedas, sobre todo cuando son, según él mismo, la misma persona, en los mismos años, contra la misma pared sin terminar.
Y por si la foto admitiera matices, está su propio archivo, que no los admite. En octubre de 2018, en el período exacto en que, según la declaración jurada que presentó este año, escondía cientos de miles de dólares, Adorni contó a sus seguidores en una red social que ese día le habían cortado la luz. No lo relató como una contrariedad menor. Narró que al principio sospechó un ataque para silenciarlo, que temió por su familia, que discutió con el portero y la seguridad del edificio, hasta que finalmente comprendió la verdad, se la habían cortado por falta de pago. Él mismo cerró el episodio con la palabra justa, “un papelón”. El hombre que se creyó perseguido por un apagón político no llegaba a pagar la boleta de la luz. El visionario que multiplicaba una fortuna en bitcoin discutía con el portero porque le habían cortado la electricidad. Lo perseguía, en efecto, la cuenta impaga.
No fue un desliz aislado, fue una costumbre. En 2021, el mismo millonario silencioso compró un paquete de salchichas, descubrió que estaban en mal estado, y se tomó el trabajo de reclamar a la empresa. Como compensación le enviaron por correo un paté, gesto que celebró públicamente con una frase digna de figurar en su declaración jurada, “este país no tiene desperdicio”. El tenedor de medio millón de dólares administraba su economía doméstica disputando salchichas y festejando un paté de regalo. ¿Qué clase de millonario pelea por un paquete de salchichas? Incluso la herencia paterna, esa que abre el cuento, traía su propia letra chica, porque era, según contó él mismo, “una casa con una hipoteca que le costó años y sacrificio terminar de pagar”. Ni lo que recibió de su padre estaba libre de deuda.
Quien puso el dedo en la llaga no fue un adversario político, fue un viejo conocido suyo, un antiguo empleador que lo había tenido a sueldo años atrás y que salió al aire en su propio canal a decir lo que muchos de su mismo lado callaban. Recordó al empleado que iba a trabajar para poder pagar la cuota del departamento y lo retrató sin anestesia, “eras un laucha que no tenía una moneda, y tu mujer tenía todos los dientes torcidos”. La frase es cruel, pero el dato que la vuelve incontestable es otro, esa mujer de los dientes torcidos de los años flacos es hoy coach ontológica y socia de la consultora familiar. El antes y el después caben en la misma oración. Cuando la demolición la firma alguien de la propia tribu, sobran los enemigos.
Y sin embargo, el testigo más demoledor contra Adorni no es ese antiguo jefe, ni las fotos, ni la boleta impaga. Es Adorni. En 2020, mucho antes de que existiera este escándalo, se sentó en una conferencia virtual a hablar de criptomonedas y contó, sin que nadie lo presionara, cómo había sido su iniciación en el tema. Dijo que su primer contacto con el bitcoin ocurrió cuando la moneda valía seis mil dólares, que había entrado casi por casualidad, al ver a unos alumnos invertir, y reconoció con todas las letras que no entendía nada del asunto. El dato es fatal por una razón aritmética, el bitcoin tocó esos seis mil dólares por primera vez a fines de octubre de 2017. Es decir que el hombre que hoy jura haber invertido fuerte desde 2014 es el mismo que en 2020 explicaba que recién supo qué era el bitcoin a fines de 2017, y que cuando lo supo no entendía nada.
El pionero de una versión es el principiante despistado de la otra, y las dos las narra él, con años de diferencia, frente a cámaras distintas. Tiempo después, en otra entrevista, llegó incluso a desconfiar abiertamente de la moneda, a tratarla de demasiado volátil, a dudar de que fuera siquiera una inversión seria. El supuesto adelantado del bitcoin no terminaba de creer en el bitcoin. El profeta no creía en su propio milagro.
No hace falta acusarlo de nada. No hace falta hablar de la casa del country, ni de la cascada del jardín, ni del medio millón de hoy. Alcanza con sentarlo a conversar consigo mismo. El millonario y el que no pagaba la luz, el experto y el que no entendía nada, son el mismo hombre, y a ninguno de esos personajes lo inventamos nosotros. Los escribió él, uno por uno, a lo largo de los años, sin sospechar que algún día los iban a sentar a todos en la misma mesa, pero ahora con un buen asado.
El Lazarillo de Quirón
Hace casi quinientos años, un autor que prefirió no dar la cara inventó al pícaro, el héroe pobre de la literatura española, el muchacho sin oficio ni herencia que sobrevive a fuerza de astucia en un mundo donde todos roban y solo los tontos lo hacen sin disimulo. Lázaro de Tormes servía a un ciego avaro que escondía las monedas y el vino, y aprendió a sacárselos sin que el viejo lo notara, perforando el jarro, bebiendo de a sorbos. La moraleja no era que robar estuviera mal. Era que, entre amos miserables, el que no aprendía a robar se moría de hambre. El pícaro no es un villano. Es un sobreviviente con talento, y su talento es siempre el mismo, lograr que el dinero cambie de manos sin que se vea cómo.
El género parecía cosa de museo, una lectura obligatoria que nadie recuerda. Pero hace poco, en Madrid, reapareció en plena forma y con un sentido del humor que el autor anónimo habría firmado sin dudar. El nuevo Lázaro se llama Alberto González Amador, es “técnico sanitario”, y protagonizó una operación digna de figurar en los manuales del oficio. Compró una empresa. Hasta ahí, un trámite. Lo memorable es qué empresa compró, una sociedad sin actividad, sin clientes, sin negocio alguno, cuyo patrimonio íntegro, todo lo que ese dinero adquiría, consistía en una computadora vieja sin valor y tres máquinas de depilación láser, las tres amortizadas, es decir, contablemente difuntas. Por ese lote, una computadora para la basura y tres depiladoras jubiladas, pagó cerca de medio millón de euros.
Cualquiera con dos dedos de frente diría que es el peor negocio del siglo. Y lo sería, si el negocio fuera la depilación. Pero el pícaro nunca compra lo que aparenta comprar. La empresa difunta pertenecía al presidente de una división del Grupo Quirón, el coloso de la sanidad privada, el mismo grupo cuya facturación con González Amador se había multiplicado por cuatro justo cuando él empezó a salir con cierta presidenta autonómica, y el mismo que cobra de esa presidenta cerca de mil millones de euros públicos al año. ¿Casualidad o causalidad? Visto a esa luz, las tres depiladoras dejan de ser un mal negocio y se revelan como lo que son, el jarro de vino del ciego, el envase donde el dinero viaja para que nadie pregunte de qué bolsillo a qué bolsillo. Medio millón de euros no se pagaron por unas máquinas. Se pagaron por algo que no se puede escribir en una factura, y las depiladoras estaban ahí, precisamente, para que la factura existiera.
El oficio, sin embargo, no se luce solo en la compra, también en el dormitorio. González Amador vive con su pareja en un piso que adquirió entregando en mano una cifra casi idéntica a la suma de los fraudes fiscales que se le atribuyen, coincidencia que ya tiene su gracia aritmética. Pero encima de ese piso hay un ático, y el ático no está a su nombre, sino al de una sociedad cuyo administrador es, miren qué oportuno, el mismo abogado que lo defendía ante Hacienda. Comprado, para más señas, dos días después de que él registrara el piso de abajo. El defensor y el casero, la misma persona. ¿Quién mejor para guardarte la casa que el hombre a quien le pagas para que te guarde las espaldas? Lázaro habría tomado nota, esconder el propio techo detrás del abogado, de modo que ni el lugar donde duermes figure como tuyo.
Todo pícaro necesita un amo, y aquí los papeles se reparten con malicia. El amo formal, la que da las órdenes y cobra del erario, es la pareja, la presidenta. Pero el verdadero ciego astuto de la función es otro, su jefe de gabinete, un señor llamado Miguel Ángel Rodríguez, que oficia de cerebro del enredo. Se formó en la mejor escuela de la ficción política española, fue portavoz del gobierno de Aznar, la misma usina que años después le vendió al mundo unas armas de destrucción masiva que nunca aparecieron y a los españoles un atentado que era de ETA hasta que dejó de serlo. De esa cantera salió este hombre, que la Unión Europea, en un informe de 2024 sobre el estado de derecho, tuvo a bien señalar, con nombre y apellido, como un peligro para ese mismo estado de derecho. Un certificado que no cualquiera consigue. A todo esto, el encargado de medir las palabras de los demás fue condenado en su momento por conducir ebrio, no apenas por encima del límite, sino cuadruplicándolo, tras repartir su Mercedes entre tres coches estacionados. El hombre que dosifica la verdad ajena no lograba dosificarse a sí mismo.
Es este caballero quien sale a explicar, a reinterpretar, a reescribir los hechos cuando vienen mal dados, quien transforma un fraude en un descuido y un delito en una persecución ideológica. Y es él quien guarda al pícaro en la memoria de su teléfono con un nombre que es, en sí mismo, una confesión, porque no lo tiene anotado por su apellido, sino como “Alberto Quirón”. ¿Casualidad o causalidad? El cerebro del enredo escribió, sin querer, la única línea veraz de todo el expediente en la agenda de su celular.
Hay un detalle final que el autor del Lazarillo habría aplaudido de pie. Toda esta ingeniería, las depiladoras difuntas, el ático del abogado, el apodo revelador, no la destapó ningún juez ni ningún fiscal con lupa. La dejaron servida los propios protagonistas, en sus escrituras, sus contratos y su lista de contactos, a plena vista, convencidos de que nadie se molestaría en mirar. Porque esa es la única diferencia real entre el viejo pícaro y el nuevo. Lázaro robaba de a sorbos, en la penumbra, temblando de que el ciego lo oyera tragar. El de Madrid compra empresas vacías a la luz del mediodía y archiva al pagador con nombre y apellido en el teléfono. Al viejo pícaro lo movía el hambre y lo frenaba el miedo. Al nuevo no lo frena nada, porque ya ni siquiera tiene hambre. Roba, sencillamente, porque puede.
Quién aplaudió
Cuando se conocieron las cuentas de Adorni, aquel antiguo conocido suyo, el que ya vimos burlándose en televisión, volvió sobre la esposa del funcionario, pero esta vez la burla no iba contra su cara, sino contra su presupuesto. Mostró dos imágenes, una de los años flacos y otra de ahora, y reparó en que los dientes torcidos de entonces se habían enderezado, casualmente, cuando el marido entró al gobierno. “Si vos tenés quinientas lucas, tu mujer no tiene el comedor así”, resumió, y la frase, brutal, encerraba una ley sociológica que conviene robarle. No hay gente fea, hay presupuestos distintos. La dentadura (“el comedor”), como el asado, es un indicador económico. Y si eso vale para la mujer del hombre que no llegaba a pagar la luz, también vale, al revés, para una mujer que jamás tuvo ese problema.
Crucemos otra vez el océano, porque hay una presidenta que nunca tuvo que elegir entre los dientes y la cena. Isabel Díaz Ayuso gobierna Madrid, y a diferencia del asceta del asado, ella sí tiene acceso al dinero, mucho, propio y ajeno, público y privado, con una naturalidad que ya no se molesta en disimular. La vimos de reojo en la sección anterior, como la pareja del pícaro. Ahora hay que mirarla de frente.
La corrupción, ya se sabe, no tiene color ni partido, la hay en todas las veredas, y el que jure que su tribu está limpia miente o vende algo. Pero hay una diferencia, y es de naturaleza. El corrupto de siempre le roba al Estado a pesar de su doctrina, y por eso lo hace a escondidas, con culpa, temiéndole al juez. Esta derecha le roba al Estado a causa de su doctrina. Si te pasaste años predicando que el Estado es una estafa que existe para robarte, entonces vaciarlo no es un delito, es un desquite. Robarle al ladrón no es robar. Ayuso pertenece a esa segunda especie. No es una corrupta avergonzada, es una funcionaria convencida.
Conviene verla gobernar. Reduce cada debate a un eslogan de pancarta, “comunismo o libertad”, “que te vote Txapote”, y administra la identidad de toda una región como si fuera la carta de un bar, las terrazas, la cervecita, el vino, la alegría. El proyecto político entero cabe en una caña. Cuando improvisa, el resultado es revelador. En pleno Congreso, mientras hablaba el presidente del gobierno, las cámaras la captaron dedicándole un insulto que su equipo intentó disfrazar jurando que en realidad había dicho “me gusta la fruta”, frase que ella misma terminó adoptando como bandera, orgullosa, hasta venderla en camisetas. La estadista que insulta por lo bajo y después cobra por el insulto.
El problema es que, cuando no improvisa, alguien le sopla. Durante un debate, las cámaras detectaron en su oreja un dispositivo, y la oposición sostuvo lo evidente, que su jefe de gabinete le indicaba por ahí qué decir. El equipo lo negó, aclaró que era un simple audífono para oír mejor. Elija el lector la versión que prefiera, porque las dos retratan lo mismo, o le dictan lo que tiene que pensar o no se entera de lo que pasa a su alrededor. Una presidenta con guion ajeno. La misma que, poco después, anunciaría con escándalo que en una cumbre de presidentes no pensaba usar los auriculares de traducción, porque a ella nadie le habla en otra lengua. Rechaza el pinganillo para traducir y acepta el pinganillo para pensar.
Esa desenvoltura tiene un límite, y aparece cuando enfrente hay alguien que no le ríe las gracias. Ocurrió en una radio, con un periodista que no es de izquierda, cuando la presidenta intentó vender que el fraude fiscal de su pareja era apenas un pago hecho fuera de plazo. El periodista no se conformó. Le aclaró, con paciencia de maestro, que aquello no era un retraso sino dos presuntos delitos por falsear el impuesto de sociedades. Acorralada, ella misma terminó admitiendo que si se hubiera tratado solo de una multa no estarían en esto. La defensa se le deshizo en la boca. Y en la misma entrevista, por si quedaba duda sobre el corazón del asunto, salió a defender no a su pareja, sino a la empresa que le paga a su pareja, ese grupo sanitario que, dijo, “tiene los mejores hospitales de España”. La presidenta defendiendo en un programa de radio de alcance nacional a la corporación que su gobierno financia con fortunas públicas y que enriquece a su novio. El “Alberto Quirón” del teléfono, ahora confesado en voz alta y a micrófono abierto.
Volvamos, para terminar, al principio, al objeto con el que empezó todo. Un pendrive con la cara de Batman que escondía una fortuna y terminó borrado y vendido por diez dólares, en una comedia que nos hizo reír porque era imposible. Después, un hombre en alpargatas frente a un asado sin carne, jurando que escondía medio millón de dólares. Después, tres máquinas de depilar que valían medio millón de euros. En cada caso, un objeto ridículo, una fortuna que aparece de la nada, un dueño que se esfuma. Nos reímos del primero porque era ficción, y estuvo bien reírse. El problema es que usamos esa misma risa para los otros, la risa cómoda del que prefiere reírse del pendrive antes que mirar la casa que se construía detrás. Porque al votante de todo esto nadie lo engañó, le ofrecieron algo más cómodo que la verdad, el permiso de no pensar, y lo aceptó encantado. Y a esta altura la pregunta ya no es quién robó. Esa es fácil, y da igual, robaron casi todos y casi nadie pagó. La pregunta, la única que incomoda de verdad, es otra. No quién robó. Quién aplaudió.


