La pregunta que el originario no puede responder
Quienes llegamos a México sin el privilegio de haber nacido en este territorio arrastramos, durante años, una desventaja que termina por revelarse como una forma de lucidez: nos vemos obligados a preguntar aquello que quien nació aquí resuelve con la naturalidad de quien respira. Él sabe qué es un taco con la misma certeza con la que sabe que el aire entra y sale de sus pulmones, y esa seguridad inquebrantable es, precisamente, lo que le impide construir una respuesta cuando alguien, con acento de fuera, lo interroga en serio. La respuesta llega, desde luego, y llega en abundancia. Al pastor, de canasta, de guisado, dorados, de camarón, de suadero, de cabeza, de bistec con todo. Una enciclopedia que recita de memoria quien jamás se sentó a escribirla. Pero basta con repetir la pregunta una sola vez más, con la obstinación de quien no se conforma con el catálogo, para que el inventario se detenga y en su lugar quede un silencio que ningún experto esperaba encontrar en el territorio de su propia cocina.
Ese silencio obedece a una razón que no es casual. Nadie contestó lo que se le preguntó; contestó otra cosa, más fácil y más lúcida. Enumeraron los tacos que existen, que son infinitos, en lugar de explicar qué tiene que haber para que algo ingrese en la categoría. Son operaciones distintas, y la segunda es la que exige un esfuerzo del que pocos están dispuestos a hacerse cargo. Mostrar el mundo está al alcance de cualquiera que tenga apetito. Nombrar la estructura, en cambio, exige renunciar a todo lo que sobra, y nadie abandona con gusto aquello que cree dominar.
Quien se arriesga a dar el paso tropieza de inmediato, y el tropiezo es siempre el mismo. Un taco, dirá con la seguridad de quien habla desde la experiencia, es eso que se dobla, que se come de pie, con la mano, sin cubiertos. La definición sobrevive apenas unos segundos. Se derrumba con el primer dorado, que va enrollado y frito y que, por tanto, no se dobla; se derrumba con las flautas que la fonda sirve en plato y con tenedor; se derrumba con el guisado envuelto en tortilla de harina que ningún norteño aceptará degradar a la categoría de no-taco. Cada excepción elimina un requisito, y los requisitos terminan por eliminarse todos. Lo que se presentaba como esencia resultaba ser, en el fondo, ornato: rasgos que algunos tacos exhiben en algunas ocasiones y que se desmoronan en cuanto aparece el taco que prescinde de ellos. El experto había estado describiendo sus costumbres y llamándolas definición.
Lo que queda en pie, cuando ya se ha caído todo lo que podía caer, es de una simplicidad que resulta casi decepcionante. Un taco es un envoltorio con relleno. Eso es todo. Algo que envuelve, algo envuelto, y con eso la categoría queda satisfecha. La tortilla de maíz o de harina, el relleno que la imaginación tolere, la postura, los cubiertos, el crujido, todo eso es contenido que llena la estructura sin constituirla. Y la prueba de que esa definición es la correcta reside en una contundencia sencilla: no admite una palabra más. Agregarle cualquier cosa la convertiría en la descripción de un taco en particular y la expulsaría de la categoría que pretendía definir.
La escena tiene dos mil cuatrocientos años y una difusión que el taco, por ahora, no alcanza. Sócrates la protagonizó en la escalinata de un tribunal, ante un asunto más grave que el de la cena. Le preguntó a Eutifrón qué era la piedad, y Eutifrón, que se creía autoridad en la materia porque se disponía a enjuiciar a su propio padre en nombre de ella, contestó con ejemplos. Esto es piadoso, aquello no lo es. Sócrates insistía con la amabilidad de quien ya anticipa el fracaso del interlocutor: no le pregunto cuáles son los actos piadosos, le pregunto qué comparten que los hace piadosos, aquello por lo que los reconoce entre todos los demás. Eutifrón nunca lo entregó. Ofreció más ejemplos, se contradijo, y a la primera oportunidad se marchó con una excusa. El taquero, puesto en el mismo aprieto, tiene al menos la decencia de quedarse.
Veinticuatro siglos después, un filósofo utilizó exactamente esta historia para explicar el fracaso de una industria completa. El texto se llama De Sócrates a los sistemas expertos, y su autor, Hubert Dreyfus, planteó con él una tesis que costó fortunas ignorar. Durante décadas, quienes construían inteligencia artificial creyeron que bastaba con hacerle a un experto humano las preguntas de Sócrates, extraerle las reglas que seguía sin saber que las seguía, transcribirlas en un programa, y con eso tendrían al experto embotellado y replicable. Invirtieron cifras notables en esa promesa. Fracasaron con una regularidad que terminó por resultar risible. Dreyfus diagnosticó por qué: el experto no aplica reglas, percibe, y la percepción se niega a ser escrita. De ahí la conclusión que el lector capta sin esfuerzo, la que parece cerrar el asunto. Las reglas fracasan. El juicio humano gana.
Es una conclusión impecable. También es una trampa, aunque eso todavía no se alcanza a ver.
La industria de los seguros responde con variedad
La pregunta, una vez formulada, no tiene por qué quedarse en la cocina. No es, ni nunca lo fue, una pregunta sobre comida; es una pregunta sobre qué condiciones debe reunir algo para ser lo que es, y en esa formulación abstracta se le puede dirigir a cualquier objeto que exista, un negocio incluido. Basta plantearla en una industria para que se reproduzca, con la misma secuencia, lo que ocurrió ante el comal. El experto responde con variedad, la variedad impresiona, y debajo de la variedad la estructura permanece sin nombre. Hay una industria en la que ese mecanismo se observa con una claridad casi experimental, porque su variedad es descomunal, su prestigio técnico es elevado y el costo de haber respondido mal quedó registrado, línea por línea, en las facturas. Es la industria de los seguros.
Si a esa industria se le pregunta qué es un seguro, responderá, como el taquero, con el inventario. De automóvil, de vida, de gastos médicos, de daños, de transporte, de responsabilidad civil, de crédito, agrícola. Cada uno con su carpeta, su regulación, su jerga y su tabla de tarifas. Y, al igual que el taquero, no estará mintiendo: todos esos seguros existen y son efectivamente distintos entre sí. Un seguro de vida y uno de carga marítima no se parecen en nada, y quien los trate como mundos aparte tiene, en la superficie, razones sobradas. El problema está en que la superficie es exactamente eso: superficie.
El software que sirve a esa industria heredó su modo de ver. Si cada ramo es un mundo, cada ramo exige su propio sistema, con su modelo de datos, sus reglas, sus pantallas y su equipo. Y si cada producto nuevo es un mundo nuevo, cada producto nuevo será, por definición, un desarrollo que arranca casi desde el origen. De ahí la reputación que arrastran los core systems de las aseguradoras, una reputación que en el gremio se menciona con la resignación de quien habla del clima. Años de implementación. Decenas de millones. Una rigidez que convierte cualquier idea nueva en un proyecto de dos ejercicios fiscales. La innovación avanza al ritmo de la reprogramación, que es el ritmo de lo lento.
En este punto, el lector que llega desde la tecnología suele asentir con una satisfacción que conviene dejar intacta por un momento. Reconoce el cuadro. Es, se dice, justamente lo que Dreyfus anticipó: sistemas que intentaron encerrar en reglas un dominio vivo y terminaron atrapados por su propia rigidez, incapaces de acompañar una realidad que no cabe en el código. La conclusión parece imponerse por sí sola, y es la misma de antes. Los sistemas rígidos fracasan, el mundo es demasiado vasto para la regla, se necesita menos regla y más juicio. El lector considera el caso cerrado y se felicita por la coherencia del razonamiento.
Pero el cuadro, aunque reconocible, omite algo importante. Quienes construyeron esos sistemas no son ingenieros mediocres. Son, por regla general, profesionales costosos, preparados, competentes hasta la exasperación, capaces de resolver problemas que la mayoría no entendería ni siquiera enunciados. La rigidez de lo que hicieron no revela una carencia de talento. Revela una obediencia. Se les planteó la pregunta por el tipo, se les pidió un sistema para autos, otro para vida, otro para transporte, y construyeron con todo rigor exactamente eso: mundos separados para lo que se les presentó como mundos separados. Contestaron con enorme competencia la pregunta que no debía haberse hecho.
El matiz no es menor, porque desplaza la responsabilidad de lugar y, con ella, desplaza también la solución. Si el problema fuera de ingeniería, el arreglo sería de manual: contratar mejor, refactorizar, migrar a una arquitectura más flexible. Pero el problema es anterior al código. Se cometió antes de la primera línea, en el instante en que alguien decidió qué era la cosa que iba a construirse. Se construyó por tipo porque se preguntó por el tipo, y preguntar por el tipo, como quedó visto en la cocina, es pedir variedad y perder la estructura. Cuál era la otra pregunta, la que nadie hizo, y qué aparece en el momento en que por fin se la formula, es lo que viene a continuación. Por ahora alcanza con haber ubicado el error donde realmente sucede, que no es en la máquina.
Una prueba en el extremo del sistema
Para comprobar si una estructura es real no alcanza con verificarla en los casos ordinarios; conviene someterla a la prueba de aquello que parece quebrarla. Las definiciones que se sostienen sin esfuerzo en los ejemplos corrientes suelen ser apenas resúmenes de lo frecuente, no descripciones de lo esencial. Fue lo que ocurrió con el taco, cuya definición resistió hasta que apareció el dorado, que no se doblaba y seguía siendo, sin embargo, un taco. Con el seguro la prueba exige ir más allá, hasta un caso que la propia industria no reclama como propio, para ver si la estructura aguanta o se desmorona.
Tomemos una cobertura de tipo de cambio. Un importador debe pagar en dólares dentro de seis meses mientras factura en pesos; si la moneda se devalúa en ese lapso, su deuda aumenta sin que él haya incurrido en ninguna responsabilidad sobre ese movimiento. Para protegerse contrata un instrumento que le fija hoy la paridad que regirá al momento del pago: si el peso se deprecia, una contraparte le responde por la diferencia. La operación tiene un nombre técnico, y ese nombre la separa de inmediato de cualquier parentesco con el seguro. Se la conoce como derivado, o forward, y circula en el mundo financiero, con su propia matemática, sus mesas de operaciones y su regulación bursátil. Quienes la negocian no creen estar vendiendo una póliza.
Sin embargo, si se observa la operación despojada de su denominación, lo que aparece es otra cosa. Hay alguien con un interés económico expuesto a un riesgo. Hay un evento futuro e incierto, la devaluación, que puede ocurrir o no y que, de ocurrir, le causaría un daño. Hay un precio que ese alguien paga por adelantado para trasladar el riesgo a un tercero. Y hay un tercero que asume el riesgo y contrae la obligación de responder si el evento sucede. Interés, riesgo, prima, contingencia, obligación de pago condicionada al siniestro: la descripción coincide, con todos sus elementos presentes, con la de un contrato de seguro. El mundo financiero la llama derivado; el asegurador la llamaría póliza. Es el mismo objeto con dos nombres, dos ámbitos institucionales y dos reguladores que no se reconocen mutuamente.
El experto en seguros objetará, y su objeción resulta ilustrativa. Dirá que no es lo mismo, que el derivado se negocia en mercados organizados, que su precio fluctúa, que interviene la especulación, que la contabilidad es distinta. Todo eso es cierto, y todo eso carece de relevancia para la pregunta que se está haciendo. Está enumerando diferencias de contenido, con el mismo gesto con que el taquero enumeraba rellenos. La mesa de operaciones, la matemática bursátil, el marco regulatorio, son accidentes que distinguen a este seguro de los demás, no razones para excluirlo de la categoría. Debajo del nombre que lo disfraza, la estructura se mantiene completa e inalterada.
Vale la pena detenerse en las consecuencias, porque van más allá de lo que sugiere el ejemplo. Una cosecha que una helada puede arruinar. Una deuda que un comprador puede dejar de pagar. Una vida que puede extinguirse antes de tiempo. Una divisa que puede perder valor. Cuatro objetos que no comparten ninguna propiedad visible, que pertenecen a universos sin frontera común, que se negocian en lugares distintos bajo cuerpos normativos ajenos entre sí. Y los cuatro caben, con todos sus elementos presentes, en una misma estructura. No se trata de una semejanza superficial. Se trata de que, en su configuración esencial, son el mismo objeto bajo cuatro presentaciones distintas.
Si hasta el tipo de cambio, que la industria aseguradora no reclama como propio, resulta ser un seguro cuando se lo examina con atención, entonces la multiplicidad de ramos nunca fue lo que parecía. No eran mundos separados que compartían, por azar, algunos rasgos comunes. Eran un solo mundo que se presentaba fragmentado en muchos, y la fragmentación era tan persuasiva que hasta quienes la fabricaron terminaron por creerla. La estructura estaba completa desde el origen, aguardando la pregunta que nadie formulaba.
Lo que faltaba no era información; faltaba dirigir la mirada hacia el objeto correcto.
En este punto, el lector que venía cómodo con la tesis de Dreyfus debería empezar a percibir una inquietud que todavía no sabe formular. Porque acaba de emerger una estructura que no es una regla impuesta desde fuera y que la realidad desborda, sino una estructura que la realidad ya poseía y que estaba esperando ser reconocida. Dreyfus rechazó las reglas y tuvo razón al hacerlo. Pero al concentrarse en esa tarea dejó de buscar algo más, y existe algo que no es una regla y que él, ocupado en su disputa, dejó de lado. Qué es exactamente ese algo, la industria del seguro lo tiene registrado desde hace más de un siglo, aunque no en un manual de software.
Lo que la ley había escrito
Lo que la industria del seguro tiene registrado desde hace más de un siglo no constituye una definición de diseño ni una preferencia de arquitecto. Es, propiamente, la ley. El contrato de seguro pertenece a esa clase reducida de objetos cuya estructura no quedó a merced de la costumbre ni del criterio de quien lo redacta, sino que fue descrita, elemento por elemento, en la doctrina y en la norma. La ley no prescribe cómo debería ser un seguro. Establece, en cambio, qué elementos deben concurrir para que exista un seguro, y señala qué omisiones producen la nulidad del contrato aun cuando las partes lo hayan suscrito y pagado.
Esos elementos son invariables en todos los ramos. Un tomador obligado a pagar la prima. Un objeto expuesto a un riesgo. Un riesgo, entendido como la eventualidad prevista. Una prima, un siniestro, una indemnización. Y, entre todos, el más exigente, aquel que la doctrina somete a un escrutinio particularmente riguroso: el interés asegurable, que no coincide con la cosa asegurada sino que designa la relación económica entre alguien y esa cosa. En rigor, uno no asegura nunca un objeto; lo que asegura es su interés en que a ese objeto no le ocurra nada. La ausencia de ese interés no origina un contrato defectuoso, sino una apuesta, y una buena parte del derecho de seguros existe para impedir que ambas cosas se confundan. No se trata de una regla procesal. Es una condición sin la cual el contrato carece de existencia.
La ley distingue, además, algo que la industria del software suele pasar por alto. Separa el contrato de la póliza. El primero es el acuerdo, la obligación recíproca, aquello que nace en el instante en que las partes prestan su consentimiento. La segunda no es sino el documento que acredita el primero, susceptible de emitirse con posterioridad, de extraviarse, de reexpedirse, sin que el contrato sufra alteración alguna. Quien modela por tipo tiende a fundirlos, a tratar el documento como si fuera la obligación. La norma no admite esa confusión. Mantiene separada la promesa de su acreditación, porque distingue cuál de los dos es el objeto y cuál es mero testimonio.
Podría objetarse que todo esto pertenece al ámbito de la teoría jurídica, útil en el aula pero ajena a quien programa. Esa objeción pierde fuerza en cuanto se examina quién vigila esa estructura. En la banca, el Comité de Basilea fija a escala mundial cuánto capital debe respaldar cada riesgo, y sobre sus acuerdos descansa la estabilidad del sistema financiero. El seguro posee su equivalente, y resultaría conveniente que un tecnólogo lo conociera antes de diseñar una sola tabla. Se trata de la IAIS, que funciona desde 1994, reúne supervisores de más de doscientas jurisdicciones que representan cerca del noventa y siete por ciento de las primas mundiales, y emite los principios que cada país incorpora a su regulación local. Europa construyó sobre ellos su Solvencia II, cuyos pilares tomó, sin disimulo, de Basilea. Si la estructura del contrato de seguro fuera una mera opinión, no habría un organismo internacional dedicado a supervisarla. Se la supervisa porque es reconocible, y se la reconoce porque es una sola.
Falta, entonces, una sola cuestión, que ya no es la existencia de la estructura sino su traducción a un lenguaje que el sistema acepte completa, una sola vez, sin exigir reprogramación para cada ramo. Existe una manera disciplinada de describir un negocio que consiste en separar lo que las cosas son de lo que en cada caso valen, la clase de sus instancias, el modelo de las piezas que produce. Aplicada al seguro, su elemento decisivo es uno solo. El objeto de riesgo deja de ser una persona, un vehículo o una divisa, y se convierte en un lugar que cualquiera de ellos puede ocupar, definido no por su naturaleza sino por su función en el contrato: aquello sobre lo que recae un interés asegurable. La plataforma no necesita, en consecuencia, distinguir entre una vida y un cargamento. Los procesa de la misma manera porque, en lo que respecta a la estructura, son idénticos. Esa indiferencia deliberada respecto del ramo es lo que quien construye por tipo nunca se permitió, porque preguntó por el tipo y el tipo le exigió atender a la diferencia. La estructura estaba ahí, escrita, fijada y supervisada, ante sus ojos, desde hacía un siglo. Lo único que le faltaba era la pregunta capaz de hacerla visible.
La pregunta que faltaba
Vale la pena regresar a la escalinata del tribunal, porque la historia que Dreyfus utilizó contenía un desenlace que él no llegó a desarrollar. Sócrates le exigía a Eutifrón aquello que hacía piadosos a todos los actos piadosos, y no lo obtenía. De ese fracaso, durante siglos, se extrajo una única lección: que las definiciones resultan escurridizas, que la vida excede a las categorías, que el experto posee un saber mayor que el que puede articular. Dreyfus recogió esa lección en su totalidad y la empleó con acierto, para enterrar la pretensión de encerrar al experto en un sistema de reglas. Tenía razón. Las reglas, en un dominio vivo, fracasan. Pero al ganar esa disputa dio por concluido un asunto que permanecía abierto, y abandonó el terreno antes de lo debido.
Porque entre las dos posiciones que se suelen contraponer existe una tercera, que nadie ocupó. Eutifrón respondió con la variedad: enumeró actos piadosos, del mismo modo en que el taquero enumeró rellenos y la aseguradora enumeró ramos. Dreyfus, al comprobar que la variedad no se dejaba reducir a reglas, concluyó que lo que faltaba era la percepción, la capacidad del experto para ver lo que la norma no alcanza. Y entre una y otra quedó, sin que nadie la reclamara, la pregunta que Sócrates había formulado en serio. No cuáles son los casos, que es la variedad. No qué reglas los gobiernan, que es lo que Dreyfus demostró insuficiente. Sino qué condiciones deben concurrir para que la cosa exista. La estructura. Ni el catálogo ni la regla ni el ojo. La condición sin la cual el objeto carece de identidad.
La diferencia parece de matices, pero desplaza todo el terreno. La regla indica qué hacer cuando algo ocurre. La estructura establece qué tiene que haber para que la cosa sea. Una prescribe conducta; la otra, existencia. Dreyfus combatió contra la primera y supuso que al derribarla eliminaba toda pretensión de definir, cuando en realidad lo único que había destruido era el modo inadecuado de hacerlo. Hay que reconocerle toda la justicia que merece, y esa justicia resulta particularmente relevante: en aquellos dominios donde no hay una estructura fijada, donde la categoría permanece difusa y el objeto se resiste a la delimitación, el juicio del experto resulta insustituible y ninguna estructura puede reemplazarlo. Pero el seguro no pertenece a esa clase de dominios. Es uno de los pocos cuya estructura se encuentra escrita, establecida y supervisada desde hace más de un siglo. Y una estructura que está escrita no se percibe. Se lee.
La totalidad del argumento puede condensarse en el desplazamiento de una sola pregunta. A la cocina, al importador, a la mesa de expertos, a los sistemas centrales que costaron decenas de millones, se les preguntó qué es esto, y esa pregunta conduce, de manera inevitable, a la variedad, y de la variedad se deriva, bien hacia el catálogo interminable, bien hacia la resignación de que no hay estructura y solo resta el juicio. La otra pregunta no indaga qué es. Indaga qué promete, sin lo cual la cosa deja de ser. Qué envuelve y contiene, en el caso del taco. A qué se obliga alguien a responder si el evento ocurre, en el caso del seguro. Esa promesa, y no el inventario de sus manifestaciones, constituye el objeto. Una vez contestada, un ramo nuevo deja de constituir un desarrollo para convertirse en una configuración; una cobertura inédita deja de exigir un sistema nuevo para ocupar un molde que ya existía; el producto que todavía no se ha inventado cabe, de antemano, en la estructura que nadie necesitó reprogramar.
Y lo que resulta válido para el seguro no le pertenecía en exclusiva al seguro. El seguro funcionó como demostración, elegido porque su estructura estaba escrita y porque el costo de ignorarla quedó registrado en las facturas. Pero la pregunta puede dirigirse a cualquier cosa que alguien se disponga a construir, ya sea en software o en un negocio. Antes de la primera línea de código, antes del primer organigrama, existe una decisión que precede a todas las demás y que casi nadie advierte que está tomando: qué es esto que voy a construir.
Quien responde con la variedad construye por tipo, acumula casos particulares, y paga por tipo, un desarrollo tras otro, hasta que la suma de esos casos particulares se vuelve ingobernable y la denomina, para consolarse, complejidad inherente al dominio. Quien responde con la promesa constitutiva construye una sola vez la estructura y permite que el mundo, con su variedad inagotable, la ocupe sin quebrarla.
Un taco es un envoltorio con relleno. Eso es todo. Toda la variedad posible cabe en su interior, y ninguna de sus versiones lo obliga a reinventarse, porque la estructura ya había sido establecida antes del primer relleno. La pregunta nunca fue qué es. Fue qué promete. Y a esa pregunta, cuando por fin se la formula, no le suceden años de reprogramación. Le sucede una arquitectura que se escribe una sola vez y no vuelve a escribirse, abierta a todo lo que aún no existe.


