Ustedes Tuvieron Esto Primero
Crónica desde Nineteenth Street
El veto
Cualquier banco comercial al que se le hubiera descubierto una concentración de cartera del treinta y cuatro por ciento en un único deudor reincidente habría sido intervenido por su superintendencia el mismo viernes por la tarde. Directorio removido antes del fin de semana, gerente de riesgo citado para el lunes a primera hora, comunicado severo sobre las consecuencias de confundir la lealtad institucional con la prudencia técnica. Nada de eso sucedió, porque el banco en cuestión no era un banco. Era el Fondo Monetario Internacional, esa institución que durante medio siglo le explicó al mundo la diferencia entre la disciplina financiera y la complacencia política, y el deudor concentrado no era un cliente cualquiera sino la República Argentina, que en abril de 2026 acumulaba con el organismo cincuenta y siete mil doscientos cincuenta millones de dólares y una serie larga, cómodamente larga, de metas incumplidas. El Fondo redactó comunicados optimistas y autorizó la siguiente cuota. Era el vigésimo tercer acuerdo entre ambos. Nadie preguntó en voz alta si el problema era el deudor o el acreedor.
La cifra no era el desenlace de una crisis sino el resultado previsto de un acuerdo deliberado. En abril de 2025, el organismo había firmado con el gobierno de Javier Milei un programa de facilidades extendidas por veinte mil millones de dólares, articulado con la prolijidad ceremonial que el Fondo reserva para sus mayores enfermos. Un año después, el ahorro fiscal se cumplía, en teoría la emisión monetaria se cumplía, las reservas no se cumplían, y el organismo otorgaba dispensas con la serenidad de un profesor benevolente que firma una nota aprobatoria al alumno que no estudió. La deuda había crecido un treinta y seis por ciento en doce meses. ¿Qué clase de programa de estabilización deja al deudor con un tercio más de pasivo en un año? La pregunta, formulada en otra jurisdicción, habría producido renuncias. Formulada sobre Argentina, produjo otra ronda de comunicados.
Conviene retroceder hasta el momento en que ese acuerdo se estaba diseñando. A fines de 2024, el equipo técnico del Fondo había propuesto para conducir las negociaciones con Buenos Aires a un economista chileno: ex ministro de Hacienda de Michelle Bachelet entre 2015 y 2017, ex director del Banco Central, doctorado en MIT, ortodoxia fiscal de manual. Su gestión había recibido en su momento la felicitación pública del propio organismo. Su renuncia al ministerio no se había producido por un choque redistributivo sino porque el comité de ministros rechazó un proyecto minero con aprobación técnica de la institucionalidad ambiental, y él consideró que la decisión rompía un estándar mínimo de racionalidad procedimental. Renunciaba para defender la ortodoxia contra su propia coalición. Currículum perfecto para Washington y más para Buenos Aires. Todo en orden… salvo un detalle.
El nombre llegó al despacho presidencial argentino y volvió tachado en menos de cuarenta y ocho horas. El funcionario, sostuvo el gobierno, integraba el Grupo de Puebla, ese foro de la izquierda latinoamericana al que ni él ni la presidenta a la que sirvió habían pertenecido jamás, y por consiguiente debía considerarse comunista. La invención circuló sin ser corregida, como circulan las acusaciones cuando el costo político de desmentirlas excede al de tolerarlas. La prensa argentina lo registró con una incredulidad cada vez más ritualizada. La prensa chilena lo registró con la sonrisa contenida del que descubre, por enésima vez, que el vecino sigue siendo el vecino. El lector progresista chileno sacó su conclusión esa misma tarde. El delirio libertario había llegado tan lejos que ahora perseguía a sus propios primos hermanos del ajuste fiscal. Cómo no íbamos a tener razón.
La conclusión cómoda se construyó con una omisión. La pregunta que el funcionario venía formulando dentro del Fondo, durante los meses previos al veto, era si el programa de ajuste propuesto para Argentina era socialmente sostenible en el horizonte de su ejecución. En cualquier escuela de economía aplicada, la pregunta habría sido considerada elemental. En el Buenos Aires de 2024 se consideró sabotaje. El veto excluyó, con la precisión propia de los actos involuntariamente reveladores, exactamente al hombre que estaba haciendo la pregunta. Doce meses más tarde, miles de pequeñas y medianas empresas habían cerrado y el consumo interno y el empleo caían en picada, incluso en las cifras oficiales. La pregunta vetada se respondía sola.
Habría que detenerse aquí, antes de que el lector se acomode del todo en su propia indignación. Porque la pregunta sobre la sostenibilidad social del ajuste, formulada con tanta lucidez desde Washington, tenía un peso difícil de digerir cuando uno recordaba que el mismo hombre, durante dos años al mando de Hacienda en Santiago, había tenido la oportunidad de formular preguntas equivalentes sobre la sostenibilidad estratégica del modelo chileno y había elegido formular otras. Hay preguntas que llegan tarde. No por error. Por diseño.
El edificio perfecto
Era mi segunda visita al Fondo y había aprendido de la primera que la única manera de sobrevivir una reunión en Nineteenth Street sin perder la voluntad de vivir era encontrar la mesa de los tés antes de que empezara cualquier cosa. La tradición, según me contó alguien que llevaba suficientes años en el edificio como para saberlo y suficientes como para haber dejado de preguntarse por qué, la había instaurado un director del organismo de origen asiático en los años noventa, un hombre que consideraba que la civilización occidental había resuelto el problema del café y había ignorado todo lo demás. Nadie recordaba ya su nombre con precisión, pero los tés seguían ahí, en una mesa lateral discreta, con la persistencia silenciosa de las buenas costumbres que sobreviven a quienes las inventaron. Eran, en ese edificio de comunicados optimistas y metas flexibilizadas, el único gesto que no requería justificación técnica. Me serví uno. El resto de la sala olía a café aguado de termo plateado y a galletas institucionales que nadie toca desde 1987.
El coreano ya estaba sentado cuando llegué. Ministro de Industria de un país que en 1960 tenía el mismo ingreso per cápita que Ghana y en 2000 fabricaba tecnología para medio mundo, había desarrollado con los años esa serenidad perturbadora de quienes han visto demasiados PowerPoint sobre desarrollo económico como para seguir tomándoselos en serio. Tenía una carpeta delgada sobre la mesa y un vaso de agua. No había tocado los tés, lo cual me pareció un desperdicio y también, pensándolo bien, un desapego casi estudiado. Su presencia en esa sala tenía una explicación que nadie mencionó durante toda la reunión pero que circuló después con la velocidad que circulan las cosas que producen vergüenza ajena. Alguien, en el proceso de armar la lista de invitados para un monográfico exclusivamente asiático que el Fondo organizaba en paralelo, había anotado su nombre en la hoja equivocada. El error era administrativo, menor, del tipo que se resuelve con una llamada. La llamada no se hizo. El coreano apareció en el programa de este seminario no solo como asistente sino como expositor, con veinte minutos asignados y un tema que nadie había coordinado con él. Llegó puntual, como llegan los que no necesitan llegar tarde para que se note que llegaron.
La reunión en sí era de esas que existen para que conste que existieron. El Hombre del Fondo la había convocado con la prolijidad ceremonial de quien sabe que el tiempo en ese cargo, con el nuevo gobierno chileno afilando sus listas de reemplazos, se mide en semanas antes que en meses. Un seminario sobre institucionalidad y desarrollo, con participantes de perfil suficientemente técnico como para no generar titulares y suficientemente visible como para figurar en el currículum actualizado. El tipo de evento que en los organismos multilaterales cumple la función que el brindis de despedida cumple en las oficinas: nadie lo pidió, todos asisten, y al día siguiente nadie recuerda lo que se dijo. El Coloso había confirmado su presencia con entusiasmo que desconcertó a más de uno, hasta que alguien recordó que el Coloso nunca desperdicia un micrófono, ni siquiera los que nadie encendió todavía.
Entró dos minutos tarde, con la energía de quien considera que la puntualidad es una restricción para los que no tienen otra cosa que ofrecer. El presidente argentino lo llamaba el Coloso con la admiración que otros reservan para los santos, aunque el apodo venía de antes, de los años en que había asesorado al gobierno de Mauricio Macri con la misma convicción demoledora y la misma enemistad declarada hacia Luis Caputo, ese ministro de economía al que Milei en aquel tiempo despreciaba públicamente y que hoy considera el mejor de la historia argentina. La vida es dura, está llena de contradicciones, y los negocios son los negocios. Detrás, casi simultáneo, apareció el Hombre del Fondo, y los dos se reconocieron antes de que cualquiera abriera la boca. El abrazo fuerte y afectuoso fue la de los que han compartido más de una tribuna y más de un aeropuerto; el comentario en voz baja que produjo una sonrisa fue el de quienes tienen referencias comunes que no necesitan explicar porque las construyeron juntos, en los años en que ambos creían, cada uno a su manera, estar construyendo algo distinto a lo que terminaron construyendo. El Coloso era en este momento el arquitecto más ambicioso de la demolición estatal en el hemisferio occidental. Se sentaron juntos. El Coloso preguntó algo sobre un paper reciente. El Hombre del Fondo respondió con precisión y algo parecido al placer intelectual. El coreano observó el saludo desde su silla sin mover la carpeta. Hay afinidades que resisten cualquier diferencia de cargo. Y de bando.
Había un cuarto en la mesa, alguien con un laptop que había sido parte de la organización de la reunión o que alguien había pedido que estuviera, no quedaba del todo claro. Abrió el programa. La primera lámina decía, con la sobriedad de quien nunca ha dudado de sus categorías: Coordinación interinstitucional y fomento productivo: lecciones para América Latina. El coreano la leyó, anotó algo en su carpeta, y no dijo nada todavía.
Las preguntas que se responden solas
El Coloso intervino a continuación con la energía de quien no distingue entre convencer y atropellar, distinción que tampoco le ha hecho falta hasta ahora. Libertad de precios, en teoría, menos las variables claves financieras donde Milei tiene un control soviético, pero de eso no se habló en la mesa. Destrucción creativa. El Estado como obstáculo antes que como instrumento. El Topo que viene a volar las instituciones desde adentro, descripción que en boca de cualquier otro sonaría a amenaza y en la suya sonaba a promesa de campaña. Habló con la certeza de quien ha repetido el argumento tantas veces que ya no recuerda si alguna vez tuvo dudas, que es una forma de convicción que se parece mucho a la fe y produce efectos similares: inmunidad total frente a la evidencia. El Hombre del Fondo escuchó con la compostura de quien comparte algunos supuestos, pero ha aprendido a no decirlo con esa velocidad. Hay solidaridades que se administran con prudencia.
Fue entonces que el coreano abrió su carpeta. La mesa estaba dispuesta en herradura, los expositores al frente y los asistentes en el arco, de manera que cuando el coreano se puso de pie todos pudieron verle la cara. No tenía presentación. Extrajo de la carpeta un fajo de hojas, las contó en silencio, y le pidió al asistente más cercano que las distribuyera. Doce copias. Una por persona. En ese edificio donde cada exposición llegaba con su propio ecosistema de diapositivas, transiciones animadas y gráficos de barras en tres dimensiones, una hoja impresa en blanco y negro era, en sí misma, una declaración de principios. Dijo que iba a hacer algunas preguntas y que no esperaba respuestas ese día, que los números eran suficientemente elocuentes como para no necesitar interpretación. Luego dijo algo que ninguno de los presentes esperaba: que Corea del Sur había estudiado el caso chileno con atención durante años. Que en los años sesenta, cuando ambos países tenían un ingreso per cápita comparable, los planificadores coreanos habían mirado a Chile como un modelo posible, un país que había construido capacidad institucional para orientar su estructura productiva, que tenía universidades técnicas, agencias de fomento, una reforma agraria en curso y convenios de transferencia tecnológica con universidades norteamericanas. Que lo habían estudiado con la seriedad que se estudia algo que uno pretende usar. Pausa. La herradura procesó eso en silencio.
Luego preguntó cuántos de los presentes sabían que el desarrollo exportador de la industria frutícola chilena, ese milagro de los valles del norte chico y la zona central que hoy abastece supermercados en tres continentes, había sido el producto directo de tres decisiones estatales que ninguno de ellos tenía en sus presentaciones como política pública ese martes por la mañana. La reforma agraria, que rompió la estructura latifundista que hacía imposible cualquier modernización productiva. La planificación técnica del Estado, que identificó los valles, los climas y las cadenas logísticas necesarias. Y un convenio con la Universidad de California que formó durante años a los agrónomos que hicieron posible la transición. Tres intervenciones deliberadas. Tres decisiones de alguien que se sentó frente al tablero y eligió. Sin eso, dijo el coreano con la serenidad de quien no necesita elevar la voz para que le duela al otro, Chile exporta cobre y nostalgia.
La diferencia, continuó, era una sola. Corea había tomado ese modelo en serio y había hecho algo que Chile no había sostenido: enrolar al capital privado en la estrategia nacional con horizonte de veinte años. No como filantropía ni como patriotismo empresarial, que son categorías que no sobreviven el primer trimestre fiscal. Sino porque quien pone la plata pone la música, y si la música la pone el Estado solo, el concierto debe durar más de lo que dura el gobierno. Los grandes conglomerados industriales coreanos no nacieron del mercado. Nacieron de una negociación entre el Estado y el capital privado en que el Estado llegó con el mapa y el capital llegó con la caja, y los dos firmaron algo que se parecía más a un contrato de largo plazo que a una política pública. Chile había tenido los instrumentos para hacer algo similar. Había elegido no hacerlo. Esa, dijo, también era una decisión.
Desplegó entonces la misma hoja que todos tenían frente a ellos. Ocho cifras en dos columnas: participación de la manufactura en el PIB de Corea del Sur, Singapur, Chile y Argentina en 1970 y en 2020. Cinco décadas en dos columnas y cuatro filas. No las explicó. Las dejó ahí, en papel, como se deja una cuenta que alguien tiene que pagar, y se recostó levemente en su silla con la paciencia de quien lleva diecinueve horas de vuelo y puede esperar un poco más.
El Hombre del Fondo cerró la sesión con la precisión clínica que se adquiere después de años de explicar cosas complejas a audiencias que ya las saben, pero necesitan escucharlas de nuevo para sentirse seguros. Disciplina fiscal. Marco institucional sólido. Gradualismo. Había llegado al gobierno en los años en que esa institucionalidad de planificación todavía subsistía, aunque ya empezaba su lenta perso sostenida reconversión. Provenía de una generación que había construido su reputación intelectual en CIEPLAN, la Corporación de Investigaciones Económicas para Latinoamérica, que durante los años de la dictadura fue el laboratorio más riguroso de la heterodoxia económica chilena. Sus investigadores cuestionaban con documentación meticulosa la creencia ingenua en el libre mercado no regulado, proponían reindustrialización, aranceles diferenciados, créditos selectivos, más Estado y más horizonte de largo plazo. Eran, en los años ochenta, exactamente lo que el coreano había descrito esa mañana como condición necesaria del desarrollo. Esa credencial los llevó al gobierno en 1990. Una vez en él, el giro no fue un acto sino un proceso, una serie de decisiones individuales razonables que en su conjunto producían una dirección que nadie había elegido explícitamente pero que treinta años después era indistinguible de aquello que habían criticado. El propio fundador de la institución lo confirmó sin querer en una entrevista que circuló sin producir el escándalo que merecía: declaró que la obra económica de la dictadura había tenido capacidad visionaria. El mismo hombre. La misma boca. Trescientos papers de distancia entre los dos momentos. Hay convicciones que resisten cualquier argumento y no resisten un directorio. El poder no cambia las ideas. Las disuelve.
El cuarto en la mesa escuchó el cierre con la atención de quien reconoce el vocabulario porque fue parte de construirlo. Las doce hojas del coreano seguían sobre la mesa. Casi nadie las había recogido.
Nineteenth Street
El seminario terminó con la puntualidad que el Fondo reserva para las actividades que no tienen consecuencias. El Coloso salió primero, con el teléfono en la mano y la energía intacta de quien no ha escuchado nada que no supiera ya, que es la ventaja principal de llegar a una reunión con las conclusiones formadas. El Hombre del Fondo lo acompañó hasta el pasillo con la cortesía del anfitrión que sabe que la reunión terminó pero la relación continúa. Se dijeron algo en voz baja que produjo una sonrisa compartida. Hay conversaciones que no necesitan testigos porque sus participantes saben que el registro no importa. El ascensor los recibió a los dos.
El Ministro Incómodo recogió su carpeta sin apuro. No buscó a nadie. No intercambió tarjetas. No hizo el gesto habitual de quien quiere parecer accesible después de haber sido incómodo. Caminó hacia la salida con la serenidad de quien cumplió lo que vino a hacer, que en este caso era plantear preguntas en un edificio construido para evitarlas, y eso era suficiente por un martes.
Fue en ese momento que me di cuenta de que era el único en la herradura que todavía tenía la hoja en la mano. Los demás la habían dejado sobre la mesa, algunos boca abajo, con el gesto discreto de quien devuelve algo que no pidió que le dieran. El cuarto en la mesa recogió las hojas abandonadas con la eficiencia de quien ordena la sala antes de que llegue la siguiente reunión. Las apiló. Las dobló. Las guardó en su maletín junto con el laptop. Al levantarse, el llavero que colgaba de su cinturón tintineó apenas, ese manojo extraordinario que quienes lo conocían desde joven recordaban como un gesto casi de carácter, anterior a los cargos y a los organismos, muchas más llaves de las que cualquier agenda razonable podría justificar, como quien ha acumulado acceso a espacios que ya no existen o que existen pero ya no requieren la llave que él todavía carga. Salió mirando un instante la pantalla ya apagada, con la misma expresión con que se mira cualquier cosa que ya no requiere atención. El seminario había terminado. La pantalla estaba vacía. El tablero también.
Había pasado por los lugares donde esas decisiones se tomaban o se dejaban de tomar, que en política económica es la misma operación con distinto nombre. Había administrado vocabularios, coordinado instrumentos, evaluado impactos, focalizado gastos. Había hecho bien, con rigor y con seriedad, exactamente lo que el sistema le pedía que hiciera. El problema no estaba en cada pieza sino en que nadie era responsable del tablero completo, y él lo sabía, y esa mañana había hablado de coordinación interinstitucional. Hay dos maneras de vaciar un Estado de capacidad estratégica. Una es ruidosa, llega con decretos y con apodos y con la promesa del Topo que viene a destruir desde adentro. La otra es prolija, técnica, viene con PowerPoint, con indicadores de impacto y con la palabra gradualismo pronunciada con suficiente convicción como para que suene a virtud. Las dos dejan el mismo tablero. La diferencia es estética.
El coreano ya estaba en el lobby cuando lo alcancé. Esperaba el auto con la misma paciencia con que había esperado todo lo demás. Me miró, miró la hoja que yo todavía llevaba en la mano, y dijo algo que registré en mis notas antes de salir a Nineteenth Street.
Dijo: fue interesante. Ustedes tuvieron esto primero.
No dijo nada más. El auto llegó. Subió. Diecinueve horas de vuelta a Seúl, con escala en Tokio, para volver a un país que en 1960 tenía el mismo ingreso per cápita que Ghana y que había decidido, en algún momento de ese mismo año, que esa situación era inaceptable y que alguien tenía que sentarse frente al tablero y elegir. Alguien lo había hecho. La hoja en mi mano tenía las cifras de lo que había pasado después. Las de Chile también estaban ahí, en la segunda columna, con la precisión implacable de los números que no necesitan intérprete.


